Cap 1

Una semana antes

Anthony

Sigo junto a mis hermanos en esta asquerosa casucha que heredamos de nuestro difunto padre, Félix. Nuestra madre, una loca desquiciada que nos abandonó a temprana edad, suele vagar por las calles con una borrachera encima y un hedor imposible de ignorar. De todos modos, no nos importa. No la vemos con ojos de hijos; nuestro padre se encargó de enseñarnos eso. Para nosotros, estamos solos. Huérfanos desde hace años.

Mientras limpio la casa, entro a la habitación de mi padre y empiezo a sacar hacia la sala un montón de objetos viejos y sucios. Detesto este lugar. Cada vez que cruzo esa puerta, los recuerdos regresan sin permiso. Él era un hombre extraño, lleno de silencios y secretos… aun así, lo quería. Incluso con todo lo que nunca explicó.

—Anthony, chequea esta joda —dice Andy, mi hermano mayor, cagándose de risa.

Tiene en las manos un periódico viejo y amarillento que acabo de sacar del cuarto. Lo observo con confusión; a simple vista no veo nada fuera de lo normal.

—Un periódico —respondo.

—Ven… “Se vende apartamento en las afueras de Pensilvania, con años de abandono pero en buen estado” —lee en voz alta—. El Estado siempre vendiendo propiedades abandonadas que las familias nunca reclaman y dan por perdidas.

—¿Qué tal si la compramos? —dice Emily con tono burlón.

—Buena idea… quizá no salga el diablo en ella —añade Jack, el menor, con una sonrisa torcida.

Somos cuatro. Primero Andy, luego yo. Después Emily y, por último, Jack.

Y aunque suene absurdo… pensándolo bien, no es tan mala idea.

Vivimos como sardinas enlatadas en esta casucha. Sí, es nuestra, pero el espacio nunca alcanza. Todos pensamos lo mismo, aunque no siempre lo decimos en voz alta. No hay privacidad, no hay silencio, no hay respiro. Jamás podemos traer a nadie aquí sin sentir vergüenza.

Andy trabaja como un burro; siempre obsesionado con ahorrar más de lo necesario. Emily acaba de graduarse de bachillerato —gracias a Dios— después de repetir el mismo curso durante tres años. Jack aún sigue en la escuela y, a diferencia de nosotros, es realmente inteligente. Los gastos los cubrimos Andy y yo.

—¿Habrán vendido ya esa propiedad? —pregunto—. ¿De qué año es el periódico?

Andy revisa la fecha.

—2010. Eso tuvo que venderse hace siglos.

—Algún día tendremos que irnos de aquí —digo—. No tenemos privacidad de nada…

—Lo hemos hablado mil veces —responde—, pero siempre dejamos pasar las oportunidades cuando el Estado saca ofertas.

Lo dejo hablando solo y continúo con los quehaceres. Horas después, con todo terminado, me meto en la página web del Estado donde publican las propiedades disponibles. Reviso con cautela. Los precios han subido una barbaridad desde la última vez que Andy y yo miramos algo.

Sigo buscando… hasta que la veo.

La casa.

Es idéntica a la del periódico viejo. No, no idéntica… es la misma, estoy seguro. Me levanto de la cama y voy directo a la bolsa de basura. Rebusco entre desperdicios hasta encontrar el periódico y confirmo mis sospechas.

Es la misma casa.

Pero… ¿cómo carajos no se ha vendido después de tantos años?
¿Tan mal estará?

Miro el precio en el celular. Es absurdamente bajo. Demasiado. Tanto que me aprieta el pecho una sensación incómoda. Tal vez sea una de esas casas que la gente cree embrujadas, pienso. Y aun así… hasta con el mismo diablo me mudaría ahí si eso significa salir de este agujero.

Le doy vuelta al periódico y entonces lo veo.

Un apartado pequeño, casi escondido. Habla de muertes ocurridas en esa casa. De un supuesto pacto… de una botija… de tesoros enterrados. Historias absurdas, supersticiones. Los gringos siempre inventando mierdas.

O eso quiero creer.

Esa noche, cuando Andy llega del trabajo, le muestro todo. Quedamos en investigar más sobre la supuesta casa.

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