8

Unos débiles rayos de luz se filtraban a través de las cortinas de encaje de la diminuta ventana que había sobre la cabeza de Blue. Era demasiado temprano para levantarse, pero se había bebido un vaso grande de agua antes de dormir, y la caravana gitana, a pesar de todas sus comodidades, no tenía cuarto de baño. Blue nunca había pasado la noche en un lugar tan maravilloso. Había sido como dormirse en medio de un cuento de hadas para reencontrarse con un apasionado príncipe gitano de pelo rubio con quien había bailado toda la noche alrededor del fuego de campamento.

No se podía creer que hubiera soñado con él. Lo cierto es que Dean era exactamente el tipo de hombre que inspiraría escandalosas fantasías en cualquier mujer, pero no en una tan realista como ella. Desde la mañana anterior había sido demasiado consciente de él en todos los sentidos, y necesitaba expulsarlo de su mente.

El suelo de madera del carromato estaba frío. Había pasado la noche con una camiseta naranja que decía: Mi CUERPO POR UNA CERVEZA y unos pantalones flojos de yoga que no habían visto jamás una clase de yoga, pero que eran supercómodos. Tras ponerse las chanclas, salió al frío aire matutino. Sólo las aves quebraban la quietud de la mañana, ni cubos de basura, ni sirenas ni cláxones de camiones dando marcha atrás. Se dirigió a la casa y entró por la puerta lateral. Con la luz matutina, los muebles blancos de la cocina y los tiradores rojos brillaban contra las encimeras nuevas de esteatita.

Don 't sit under the apple tree…

La noche anterior, Dean había cubierto con plástico negro todos los huecos de las puertas de los cuartos de baño antes de irse, y tuvo que ir al aseo que había debajo de las escaleras. Como todos los demás, ese cuarto de baño estaba diseñado especialmente para él; el lavabo era alto y el techo inclinado estaba a suficiente altura para que Dean no se golpeara la cabeza. Blue se preguntó si él se había dado cuenta de cómo lo había personalizado todo su madre. O tal vez April se había limitado a seguir las órdenes de Dean.

Mientras se hacía el café, encontró algunas tazas en las cajas con enseres de cocina que se desempacarían cuando la cocina estuviera pintada. Los platos sucios le recordaron la cena que había compartido con April. Dean se había disculpado, diciendo que tenía cosas que hacer. Blue se apostaba lo que fuera a que esas cosas incluían una rubia, una morena y una pelirroja. Abrió la puerta de la nevera para sacar la leche y observó que Dean había dado buena cuenta de las sobras de camarones al estilo criollo. A juzgar por lo poco que quedaba en el plato, el sexo le despertaba el apetito.

El agua cayó en el fregadero cuando se puso a lavar algunos platos para el desayuno. Las tazas blancas tenían franjas rojas en el borde y los tazones tenían impresas cerezas de color rojo. Se sirvió café, añadió un chorrito de leche y se dirigió a la parte delantera de la casa. Al llegar al comedor, se detuvo en la puerta. La noche anterior April le había dicho que estaba considerando la idea de que pintaran allí unos murales de paisajes, y le había preguntado si ella hacía ese tipo de cosas. Blue le había dicho que no, pero no era cierto del todo. Había hecho bastantes murales -mascotas para clínicas veterinarias, logotipos comerciales para oficinas, algún verso de la Biblia en la pared de la cocina- pero se negaba a pintar paisajes. Los profesores de la universidad habían criticado con demasiada rudeza los únicos que había pintado en clase, y ella odiaba sentirse incompetente.

Salió por la puerta principal. Tomando unos sorbos de café se acercó a las escaleras para observar la niebla matutina. Al girarse para mirar un grupo de aves que estaba posado en el techo del granero, se sobresaltó y se salpicó la muñeca de café. Una niña yacía profundamente dormida en la esquina del porche.

Debía tener unos trece años más o menos, aunque no había perdido la grasa infantil, así que podía ser menor. Llevaba un sucio plumífero rosa de marca y pantalones color lavanda llenos de lodo que tenían un roto con forma de V en la rodilla. Blue se lamió el café de la muñeca. El pelo alborotado y rizado de la niña cubría una mejilla redonda y sucia. Se había quedado dormida en una posición incómoda, con la espalda pegada a la mochila verde oscuro que había colocado contra la esquina del porche. Tenía la piel aceitunada, las cejas oscuras y la nariz recta, y se mordía las uñas. Pero a pesar de la suciedad, su ropa parecía cara, igual que las deportivas. Esa niña llevaba la palabra «ciudad» escrita en la frente; otra nómada había llegado a la granja de Dean.

Blue dejó la taza y se acercó a la niña. Se acuclilló a su lado y le tocó con suavidad en un brazo.

– Oye, tú… -susurró.

La chica se incorporó de golpe y abrió los ojos con brusquedad. Eran de color miel.

– No pasa nada -dijo Blue, intentando calmar el miedo que vio en su mirada-. Buenos días.

La niña hizo un esfuerzo por levantarse y la ronquera matutina profundizó su suave acento sureño.

– Yo… no he roto nada.

– No hay mucho que romper.

Riley se apartó el pelo de los ojos.

– No quería quedarme dormida.

– No escogiste una cama demasiado confortable. -Parecía demasiado nerviosa para que Blue la interrogara-. ¿Quieres desayunar?

La niña se mordió el labio inferior. Tenía rectos los dientes delanteros, pero se veían demasiado grandes para su cara.

– Sí, señora. ¿No le importa?

– Estaba esperando que alguien me hiciera compañía. Me llamo Blue.

La niña se levantó con dificultad y cogió su mochila.

– Me llamo Riley. ¿Sirves aquí?

Estaba claro que esa niña pertenecía a la clase privilegiada.

– Pues si sirvo o no sirvo -contestó Blue- depende de mi estado de ánimo.

Riley era demasiado joven para captar la broma de un adulto.

– ¿Vive alguien aquí?

– Yo. -Blue abrió la puerta principal y le hizo un gesto a Rileypara que entrara.

Riley miró con atención el interior. Su voz temblaba de desilusión.

– No hay nada. No hay muebles.

– Alguno sí. La cocina está casi acabada.

– ¿Pero ahora no vive nadie aquí?

Blue decidió pasar por alto la pregunta hasta descubrir lo que buscaba la niña.

– Tengo hambre. ¿Y tú? ¿Prefieres huevos o cereales?

– Cereales, por favor. -Arrastrando los pies, Riley la siguió por el vestíbulo hasta la cocina.

– El cuarto de baño está allí. Aún no tiene puerta, pero los pintores tardarán un poco en llegar, así que si quieres lavarte, nadie te molestará.

La chica miró alrededor, se fijó en el comedor y luego en las escaleras antes de dirigirse al cuarto de baño con la mochila.

Blue había dejado algunos alimentos imperecederos en las bolsas hasta que los pintores terminaran. Entró en la despensa y cogió unas cajas de cereales. Cuando Riley regresó con la mochila y el plumífero en la mano, Blue colocó todo sobre la mesa, incluyendo una jarrita llena de leche.

– Elige.

Riley se llenó el tazón de Honey Nut Cheerios y añadió tres cucharillas de azúcar. Se había lavado las manos y la cara, y algunos rizos se le pegaban a la frente. Los pantalones le quedaban demasiado ajustados, igual que la camiseta blanca con la palabra SEXY estampada en brillantes letras púrpura. Blue no podía imaginar una palabra menos apropiada para describir a esa niña tan seria.

Se frió un huevo para ella, se hizo una tostada y llevó su plato a la mesa. Esperó a que la niña hubiera acabado antes de comenzar a hablar.

– Tengo treinta años. ¿Cuántos años tienes tú?

– Once.

– Eres muy joven para andar sola por el mundo.

Riley dejó la cuchara en el tazón.

– Estoy buscando a… alguien. Una especie de familiar. No… no un hermano ni nada así -añadió rápidamente-. Algo como un primo. Creí… que podría estar aquí.

En ese momento, se abrió la puerta trasera y se oyó el tintineo de unas pulseras. April apareció al instante.

– Tenemos compañía -dijo Blue-. La encontré dormida en el porche. Te presento a mi amiga Riley.

April giró la cabeza y un aro plateado asomó entre su pelo.

– ¿En el porche?

Blue dejó la tostada.

– Esta buscando a un familiar.

– Los carpinteros llegarán pronto. -April le dedicó a Riley una sonrisa-. ¿O tu pariente es uno de los pintores?

– Mi… mi pariente no trabaja aquí-balbuceó Riley-. Se… se supone que vive aquí.

La rodilla de Blue chocó ruidosamente contra la pata de la mesa. La sonrisa de April desapareció.

– ¿Que vive aquí?

La chica asintió con la cabeza.

– ¿Riley? -April se agarró al borde de la mesa-. ¿Cómo te apellidas?

Riley inclinó la cabeza sobre el tazón de cereales.

– No quiero decírtelo.

April palideció.

– Eres la hija de Jack, ¿verdad? La hija de Jack y Marli.

Blue casi se atragantó. Una cosa era sospechar el parentesco entre Dean y Jack Patriot, y otra confirmarlo. Riley era hija de Jack Patriot, y a pesar de su torpe intento por ocultarlo, el familiar que estaba buscando sólo podía ser Dean.

Riley se apartó un mechón de pelo de la cara mientras seguía mirando el tazón.

– ¿Me conoces?

– Yo…, sí-dijo April-. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Vives en Nashville.

– Estoy de paso. Con una amiga de mi madre. Tiene treinta años.

April no señaló la obviedad de la mentira.

– Siento lo de tu madre. ¿Tu padre sabe dónde estás? -El semblante de April se endureció-. Por supuesto que no lo sabe. No tiene ni idea, ¿verdad?

– La mayor parte del tiempo no sabe por dónde ando. Pero es muy simpático.

– Simpático… -April se frotó la frente-. ¿Y quién se encarga de ti?

– Tengo una au-pair.

April cogió el bloc de notas que había dejado sobre la encimera la noche anterior.

– Dame su número para llamarla.


– No creo que se haya levantado aún.

April cerró los ojos.

– Te aseguro que no le importará que la despierte.

Riley apartó la mirada.

– ¿Puedes decirme si mi… mi primo vive aquí? Tengo que encontrarle.

– ¿Para qué? -dijo April entre dientes-. ¿Para qué tienes que encontrarlo?

– Porque… -Riley tragó-, porque tengo que hablarle de mí.

April soltó un tembloroso suspiro. Miró su bloc.

– Eso no va a ser tan fácil como crees.

Riley la miró fijamente.

– ¿Sabes dónde está? ¿Lo sabes?

– No. No lo sé -dijo April con rapidez. Miró a Blue, que todavía trataba de asimilar lo que estaba oyendo. Dean no se parecía a Jack Patriot, pero Riley sí. Tenían el mismo tono aceitunado de piel, el pelo color caoba y la nariz recta. Esos enigmáticos ojos color miel la habían mirado desde infinidad de portadas de discos.

– Mientras hablo con Riley -le dijo April a Blue-, ¿puedes encargarte del problema de arriba?

Blue captó el mensaje. Suponía que April quería mantener a Dean a distancia. Cuando era una niña, le habían dolido los secretos soterrados de los adultos, y no le gustaba ocultar a los niños la verdad, pero esto no era asunto suyo. Se apartó de la mesa, pero antes de poder levantarse, se oyó un ruido de pasos en el vestíbulo.

April tomó a Riley de la mano.

– Vamos fuera para hablar.

Era demasiado tarde.

– Huele a café. -Dean entró en la cocina, se acababa de dar una ducha, pero no se había afeitado; era un anuncio andante de GQ con unas bermudas azules, una camiseta amarilla con el logotipo de Nike Swoosh y unas deportivas aerodinámicas de color verde lima. Vio a Riley y sonrió.

– Buenos días.

Riley se quedó paralizada, con los ojos clavados en él. April se apretó el estómago como si le doliese. Riley abrió la boca. Finalmente, recuperó el habla.

– Soy Riley. -Su voz fue apenas un graznido.

– Hola, Riley. Soy Dean.

– Ya lo sé -dijo ella-. Tengo un álbum.

– ¿De veras? ¿Qué clase de álbum?

– Uno… sobre ti.

– ¿En serio? -Dean se dirigió a la cafetera-. Así que te gusta el fútbol americano.

– Soy… -se humedeció los labios-, soy algo así como una prima tuya.

Dean giró la cabeza.

– Yo no tengo pri…

– Riley es la hija de Marli Moffatt-dijo April con tono glacial.

Riley sólo lo miraba a él.

– Jack Patriot también es mi padre.

Dean clavó la vista en ella.

Riley se sonrojó por la agitación.

– ¡No quería decirlo! -gimió-. Nunca he dicho nada a nadie sobre ti. Lo juro.

Dean estaba paralizado. April parecía incapaz de moverse. Los afligidos ojos de Riley se llenaron de lágrimas. Blue no podía quedarse quieta presenciando tanto dolor, y se levantó de la silla.

– Dean acaba de levantarse de la cama, Riley. Démosle unos minutos para que se espabile.

Dean intercambió una mirada con su madre.

– ¿Qué está haciendo aquí?

April se apoyó contra la encimera.

– Supongo que está tratando de encontrarte.

Blue podía ver que ese encuentro no se estaba desarrollando tal como Riley había imaginado. Las lágrimas amenazaban con desbordar los ojos de la niña.

– Lo siento. No volveré a mencionarlo.

Dean era el adulto y debería hacerse cargo de la situación, pero estaba tenso y silencioso. Blue se acercó a Riley

– Dean no se ha tomado aún el café y parece un oso gruñón. Mientras se espabila, voy a enseñarte dónde dormí anoche. No te lo vas a creer.

Cuando Blue tenía once años, habría desafiado a cualquiera que intentara alejarla, pero Riley estaba acostumbrada a mostrar una ciega obediencia. Agachó la cabeza y cogió a regañadientes la mochila. La niña era la viva imagen de la pena, y Blue sintió simpatía por ella. Le rodeó los hombros con un brazo y la condujo a la puerta lateral.

– Primero tienes que decirme qué sabes de los gitanos. -No sé nada -murmuró Riley. -Por suerte para ti, yo sí.


Dean esperó a que la puerta se cerrara. En menos de veinticuatro horas, dos personas habían averiguado el secreto que llevaba años ocultando. Se volvió hacia April.

– ¿Por qué demonios ha venido? ¿Sabías algo de esto?

– Por supuesto que no lo sabía -replicó April-. Blue la encontró dormida en el porche. Ha debido escaparse de casa. Por lo visto sólo la cuida una au-pair.

-¿Quieres decir que ese egoísta hijo de perra la ha dejado sola dos semanas después de que muriera su madre?

– ¿Cómo voy a saberlo? Hace más de treinta años que no hablo con él.

– Esto es jodidamente increíble. -La apuntó con el dedo-. Localízale ahora mismo y dile que envíe ya a uno de sus lacayos para recogerla. -Vio que April tensaba la mandíbula. Era obvio que no le gustaba que le dieran órdenes. Lástima. Se dirigió a la puerta-. Voy a hablar con ella.

– ¡No lo hagas! -El tono vehemente de April lo detuvo-. Has visto la manera en que te miraba. Es fácil darse cuenta de lo que quiere. No te acerques a ella, Dean. Es una crueldad dejar que se haga ilusiones. Blue y yo nos encargaremos de esto. No permitas que te tome cariño para luego dejarla de lado.

Él no pudo ocultar su amargura.

– Habló April Robillard, la experta en niños. ¿Cómo he podido olvidarlo?

Su madre podía ser muy dura cuando quería, y levantó la barbilla con orgullo.

– Tú has salido la mar de bien, después de todo.

Él le dirigió una mirada enojada y salió por la puerta lateral. Pero a mitad de camino aminoró el paso. Ella tenía razón. El anhelo en la mirada de Riley decía que buscaba en él lo que sabía que no encontraría en su padre. El que Jack hubiera abandonado a esa niña poco tiempo después del entierro de su madre describía su futuro con letras bien grandes: un internado caro y vacaciones con niñeras.

Pero aun así, estaría mejor de lo que estuvo él. Él había tenido que pasar sus vacaciones en casas de lujo, hoteluchos de mala muerte, o sórdidos apartamentos dependiendo de qué hombre o adicción tuviera April en ese momento. Con el tiempo le habían ofrecido desde marihuana y alcohol a prostitutas, y, por lo general había aceptado de todo. Para ser justos con ella, April no lo había sabido, pero debería haberlo hecho. Debería haber sabido un montón de cosas.

Ahora Riley había ido a buscarlo, y a menos que hubiera malinterpretado el anhelo de su mirada, quería que él formara parte de su familia. Pero era imposible. Había mantenido en secreto su parentesco con Jack Patriot durante demasiado tiempo para que todo se descubriera ahora. Sí, sentía lástima por ella, y esperaba por su bien que las cosas mejorasen, pero eso era todo lo que iba a obtener de él. Riley era problema de Jack, no suyo.

Se agachó para entrar en la caravana gitana. Blue y Riley estaban sentadas en la cama del fondo. Blue seguía vistiendo como de costumbre, luciendo esa cara de libro de rimas infantiles de Mamá Ganso no apto para menores en contraposición a unos pantalones flojos de yoga, que eran la idea que él tenía de lo que se pondría un payaso, y una camiseta naranja lo suficientemente grande para albergar un circo. La niña lo miró, había un mundo de sufrimiento reflejado en esa cara redonda. Llevaba unas ropas demasiado ajustadas y exclusivas, y la palabra SEXY de su camiseta se veía obscena sobre la inocente promesa de sus pechos. No le creería si intentara convencerla de que estaba equivocada respecto a su parentesco con Jack.

Ver tanta desesperación en el semblante de Riley le trajo malos recuerdos, y le habló con más severidad de la que pretendía.

– ¿Cómo me has encontrado?

Ella miró a Blue, asustada de revelar más de lo que quería. Blue palmeó la rodilla de Riley.

– Está bien.

La niña se pasó la punta del dedo por el pantalón de pana color lavanda.

– El novio de mi madre… le habló sobre ti el año pasado. Les oí sin querer. Él trabajaba para mi padre. Pero le hizo jurar que no se lo diría a nadie, ni siquiera a tía Gayle.

Dean apoyó una de sus manos en un lado de la caravana.

– Me sorprende que tu madre supiera de la granja.

– No creo que lo supiera. Oí sin querer a mi padre mencionar este lugar mientras hablaba por teléfono.

Riley parecía oír sin querer un montón de cosas. Dean se preguntó cómo se habría enterado su padre de lo de la granja.

– Dame tu teléfono -dijo-, así podré llamar a tu casa para decirles que estás bien.

– Sólo está Ava, y no le gusta que el teléfono la despierte tan temprano. Molesta a Peter. -Riley se mordisqueó el esmalte de uñas azul del pulgar-. Peter es el novio de Ava.

– ¿Ava es tu au-pair? -preguntó. «Bonito trabajo, Jack.»

Riley asintió.

– Es muy guapa.

– E increíblemente competente -intervino Blue arrastrando las palabras.

– No le he hablado a nadie sobre ti… ya sabes -dijo con seriedad-. Sé que es un gran secreto. Y creo que mi madre tampoco lo ha hecho.

Secretos. Dean se había pasado casi toda su infancia creyendo que su padre era Bruce Springsteen. April incluso se había inventado una historia sobre que Bruce había escrito «Candy's Room» pensando en ella. Pero sólo lo había hecho con la mejor de las intenciones, claro. Cuando Dean tenía trece años y April había hecho un alto en el camino en Dios sabía dónde, le había contado impulsivamente la verdad, y el ya demasiado caótico mundo de Dean se había venido abajo.

Finalmente, él había encontrado el nombre del abogado de Jack entre las cosas de April, junto con un montón de fotos de April y Jack juntos y la prueba del dinero que Jack desembolsaba para su manutención. Había llamado al abogado sin decirle nada a April. El tío había intentado sacárselo de encima con evasivas, pero Dean había sido tan terco entonces como lo era ahora, y al final, Jack le había llamado. Había sido una conversación breve e incómoda. Cuando April se enteró, desapareció del mapa durante un largo fin de semana.

Dean y Jack tuvieron su primer encuentro cara a cara -una reunión secreta y embarazosa- en un bungalow del Chateau Marmont cuando Jack había hecho una parada en Los Ángeles durante la gira de Mud and Madness. Jack había intentado actuar como si fuera el mejor amigo de Dean, pero Dean no había picado. Después de eso, Jack había insistido en verlo un par de veces al año, y cada encuentro secreto era más deprimente que el anterior. A los dieciséis, Dean se rebeló.

Jack lo dejó en paz hasta el segundo año de universidad de Dean en USC, cuando su rostro apareció en el Sport Illustrated. Jack empezó a llamarlo de nuevo, pero Dean lo había expulsado de su vida. Aun así, Jack había ido a verlo jugar algunas veces, y Dean había oído comentar que se había visto a Jack Patriot en un partido de los Stars.

Bueno, ahora tenía que centrarse en el presente.

– Necesito tu número de teléfono, Riley.

– Nunca me acuerdo de ese tipo de cosas.

– ¿Te has olvidado de tu número de teléfono?

Ella asintió con rapidez.

– Pues me pareces una niña bastante lista.

– Lo soy, pero… -tragó saliva-. Sé mucho de fútbol americano. El año pasado, completaste trescientos cuarenta y seis pases, sólo te placaron doce veces, y te interceptaron diecisiete.

Dean solía pedirle a la gente que no le recordara lo de las intercepciones, pero no quería inquietarla más de lo necesario.

– Estoy impresionado. Es interesante que puedas recordar todo eso y no tu número de teléfono.

Ella se puso la mochila en el regazo.

– Tengo algo para ti. Lo hice yo. -Abrió la cremallera y sacó un álbum de fotos azul. El nudo que Dean sentía en el estómago se contrajo al contemplar la portada, que había sido cuidadosamente pintada a mano. Usando acuarelas y rotuladores, había dibujado el logotipo dorado y azul de los Stars con un elaborado diez -el número de Dean- en el centro. Unos corazones con alas y estandartes con su nombre, Boo, decoraba el borde. Se sintió feliz de que Blue tomara la palabra porque él se quedó sin saber qué decir.

– Es un trabajo muy bueno desde un punto de vista artístico.

– Trinity lo hace mejor -contestó Riley-. Es más detallista.

– El detalle no siempre es lo que cuenta en el arte -dijo Blue.

– Mi madre dice que ser detallista es importante. O solía decirlo.

– Lamento mucho lo de tu madre -dijo Blue en voz baja-. ¿Ha sido muy duro para ti?

Riley frotó uno de los corazones de la portada del álbum.

– Trinity es mi prima. También tiene once años, y es muy guapa. Es hija de mi tía Gayle.

– Apuesto lo que quieras a que Trinity se preocupará por ti cuando se entere de que has desaparecido -dijo él.

– Oh, no -contestó Riley-. Trinity estará contenta. Me odia. Piensa que soy un bicho raro.

– ¿Y lo eres? -preguntó Blue.

Dean no entendía a dónde pretendía llegar con eso, pero Blue ignoró su mirada torva.

– Supongo -dijo Riley.

Blue sonrió.

– Yo también. ¿No es genial? Los bichos raros son las personas más interesantes, ¿no te parece? Todos los demás son aburridos. Trinity, por ejemplo. Puede que sea guapa, pero es aburrida, ¿no?

Riley parpadeó.

– Lo es. Todo lo que quiere es hablar de chicos.

– ¡Puaf! -Blue arrugó la cara más de lo necesario.

– O de ropa.

– Qué asco.

– Mira quién habla -masculló él.

Pero Riley ya le seguía el juego a Blue.

– O de que vomitar es lo mejor para no engordar.

– Estarás de broma -Blue arrugó su pequeña nariz afilada-. ¿Cómo sabe eso?

– Vomitar es muy importante para tía Gayle.

– Lo he pillado. -Blue le dirigió a Dean una rápida mirada-. Supongo que tía Gayle es también guapa y aburrida.

– Sí. Siempre me llama «cariño» cuando me ve y me quiere dar un beso, pero todo es pura hipocresía. También piensa que soy un bicho raro además de gorda. -Riley tiró con fuerza del dobladillo de su camiseta intentando cubrir el pequeño michelín que sobresalía por la cinturilla de los pantalones.

– La gente así me da pena -dijo Blue con seriedad-. La gente que siempre cree tener razón. Mi madre, que es una mujer de fuertes convicciones, me enseñó que no puedes sacar provecho de la vida si te pasas el tiempo criticando a los demás porque no son ni se comportan como una piensa que deberían hacerlo.

– ¿Y tu madre… está… viva?

– Sí. Está en Sudamérica ayudando a unas chicas. -El semblante de Blue se volvió sombrío.

– No parece aburrido -dijo Riley.

– Es una mujer impresionante.

«Una mujer impresionante -pensó Dean- que había dejado que su única hija se criara con desconocidos.» Pero al menos Virginia Bailey no se había pasado las noches colocándose y follando con estrellas del rock.

Blue pasó por su lado para coger su móvil de la mesa.

– Necesito que hagas algo por mí, Riley. Entiendo que no quieras darle a Dean tu número de teléfono, y comprendo tu privacidad hasta cierto punto. Pero tienes que llamar a Ava para decirle que estás bien. -Le tendió su teléfono.

Riley lo miró, pero no lo cogió.

– Hazlo. -Aunque Blue parecía una fugitiva del Reino de las Hadas, podía comportarse como un sargento de artillería si la situación lo requería, y Dean no se sintió sorprendido cuando Riley cogió el teléfono y marcó el número.

Blue se sentó a su lado. Pasaron varios segundos.

– Hola, Ava, soy yo, Riley. Estoy bien. Estoy con adultos responsables, así que no te preocupes por mí. Dale recuerdos a Peter. -Colgó y le devolvió el teléfono a Blue. Sus ojos, tan llenos de anhelo, se volvieron hacia Dean-. ¿Te gustaría ver el álbum?

No quería herir los sentimientos de esa niña tan frágil dándole falsas esperanzas.

– Quizá después -dijo bruscamente-. Tengo cosas que hacer. -Miró a Blue-. Dame un abrazo antes de que me vaya, cariño.

Ella se levantó, sin protestar por primera vez desde que la conocía. La aparición de Riley era un obstáculo en su plan para ocuparse de la mentira que le había contado de April, pero sólo de momento. Se acercó al centro de la caravana para no darse con la cabeza en el techo. Ella le rodeó la cintura con los brazos. El se propuso conseguir algo más, pero ella debió de leerle el pensamiento porque le pellizcó por encima de la camiseta.

– Ay.

Ella le sonrió cuando se apartó.

– ¿Me echarás de menos, bomboncíto?

El le dirigió una mirada torva, pasó por su lado y abandonó la caravana.

Tan pronto como estuvo fuera de la vista, metió la mano en el bolsillo trasero y cogió el móvil que ella había metido allí. Revisó rápidamente los menús, volvió a marcar el último número y comprobó que era el contestador de una compañía de seguros de Chattanooga.

Esa niña no tenía ni un pelo de tonta.

Ahora que tenía el móvil de Blue, aprovechó para examinar con rapidez las llamadas recibidas hasta llegar a la fecha que quería. Entró en el buzón de voz y metió la contraseña que le había observado marcar un par de días antes. Blue no había vaciado el buzón de voz y Dean escuchó el mensaje de su madre con auténtico interés.


Dentro de la caravana, Blue observaba cómo Riley volvía a meter lentamente el álbum en la mochila.

– No sabía que era tu novio -dijo ella-. Pensaba que eras la mujer de la limpieza o algo así.

Blue suspiró. Incluso a los once años, esa niña sabía que las Blue Bailey del mundo no estaban a la altura de los Dean Robillard.

– Le gustas un montón -dijo Riley con tristeza.

– Es aburrido.

April metió la cabeza en la caravana.

– Me he olvidado algo en la casita de invitados. ¿Os gustaría venir conmigo? Es un paseo agradable.

Blue todavía no se había duchado, pero mantener a Riley alejada de Dean parecía una buena idea, y sospechaba que ésa era la intención de April. Además, quería conocer la casita de invitados.

– Claro. A los bichos raros nos gustan las aventuras.

April arqueó una ceja.

– ¿Bichos raros?

– No te preocupes -dijo Riley cortésmente-. Eres demasiado bonita para ser un bicho raro.

– Alto -dijo Blue-. No podemos tener prejuicios sólo porque sea guapa. Ser un bicho raro es un estado de ánimo. April tiene mucha imaginación. Y también tiene corazón de bicho raro.

– Me siento honrada -dijo April con sequedad. Y luego le dirigió a Riley una sonrisa forzada-. ¿Quieres ver mi estanque secreto?

– ¿Tienes un estanque secreto?

– Te lo enseñaré.

Riley agarró la mochila, y ambas siguieron a April fuera de la caravana.

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