Capítulo 4

Tras la tensión sexual que había experimentado en su apartamento y más tarde en el coche, Rina se sintió muy aliviada al notar el aire frío de la calle. Estaba nevando cuando salieron del vehículo y él la tomó del brazo para llevarla a la entrada de la mansión de los Montgomery.

Llevaba varios días deseando asistir a la fiesta de Emma, pero cuando entró en el enorme vestíbulo de la casa, su alegría desapareció. Le recordó demasiado a la mansión de su difunto marido. Jake, su hermano, siempre decía que parecía un mausoleo con tanto mármol y tantos objetos de cristal y de porcelana china. Personalmente, prefería vivir en un lugar como el apartamento que había alquilado.

– ¿No te parece una casa preciosa? -preguntó él.

– Sí, preciosa, aunque… demasiado recargada -respondió con sinceridad.

– Es verdad. Yo no podría vivir en un sitio como éste. Hay demasiadas cosas por todas partes.

La joven rió.

– No sé por qué tengo la impresión de que serías capaz de ponerte a jugar al fútbol en un lugar como esta mansión y romper algo.

– Tal vez la tengas porque soy un chico malo.

– Me gustan los chicos malos -murmuró ella, mirándolo con deseo-. Pero sea como sea, esta casa no me parece un sitio adecuado para criar a un niño.

– ¿Niños?

– Sí, no parece un sitio muy cálido.

Rina ni siquiera sabía si alguna vez tendría hijos, y en realidad lo dudaba bastante; pero en cualquier caso sabía que, de tenerlos, no querría verlos en un lugar donde no podían jugar sin estar preocupados por la posibilidad de romper algo.

Miró una vez más a su alrededor y notó que en una esquina había un exquisito árbol de Navidad y que la escalera había sido decorada con cintas rojas de satén.

– ¿Te has fijado en los camareros?

Colin se refería a que todos iban disfrazados de duendes, y Rina rió.

– Sí, claro que me he fijado…

– Es cosa de la mujer del nieto de Emma. Posee una empresa de catering llamada Pot Luck y se le ocurren ideas extrañas de vez en cuando…

– Tengo la impresión de que te cae muy bien.

– Es cierto. Cat es especial.

– Comprendo…

La idea de que a Colin le pudiera gustar otra mujer no le agradó demasiado. Aunque estuviera casada y sólo fuera su amigo.

– Catherine Montgomery se parece mucho a ti, ahora que lo pienso…

Colin sonrió, pero antes de que pudiera continuar, Emma se acercó a ellos y les saludó.

– ¡Ya habéis llegado! Algo tarde, pero por fin estáis aquí. Necesito que me escondáis un rato.

– ¿Y eso? -preguntó Rina.

– Escondedme, por favor. Me persigue un viejo verde.

Colin rió.

– Emma, sé que estás ahí… -dijo entonces un hombre atractivo, de pelo oscuro.

– Hola, Logan -dijo Colin.

– ¿Logan? ¿Eres el nieto de Emma?

– Por supuesto -respondió el hombre, mirando a Colin-. ¿Quién es esta belleza?

Rina se ruborizó levemente. Logan estaba casado y llevaba anillo en una mano, pero la observó con evidente admiración.

– Soy Rina Lowell -dijo ella.

– He oído hablar mucho de ti. Mi abuela te adora, y ahora comprendo por qué.

– Muchas gracias…

– De nada…

Colin intervino de inmediato y la tomó de la mano para separarla de su amigo.

– No sabía que fueras tan celoso -comentó ella.

– Yo tampoco -dijo Logan, entre risas.

Aunque Rina sabía que Logan sólo estaba bromeando con su amigo, decidió salvarlo.

– Yo también he oído hablar de ti. ¿Dónde está Catherine? Tengo muchas ganas de conocerla.

– Está muy ocupada con la organización de la fiesta, pero en cuanto salga de la cocina, te la presentaré.

– Te lo agradecería mucho.

– Y en cuanto a ti, abuela… -dijo Logan, volviéndose hacia Emma.

– Preferiría que te olvidaras de mí.

– Stan Blecher quiere charlar contigo un rato y no puedes evitarlo todo el tiempo. Ten en cuenta que es juez federal. Conviene que seas amable con él si no quieres tener problemas.

Rina notó que había cierta tensión entre Emma y su nieto. Colin se dio cuenta de que lo había notado y le explicó, en voz baja:

– Emma tiene problemas con su hijo. Al igual que Stan, también es juez, y quería meterla en un asilo. Por suerte, Logan me pidió que le buscáramos un trabajo en el periódico para que tuviera algo que hacer y su hijo no encontrara la excusa perfecta para encerrarla.

– ¿Tú fuiste quien le conseguiste el trabajo a Emma?

– Sí -respondió la propia afectada-, me hizo un gran favor.

– Venga, abuela, ven conmigo y charla con Stan. No te costará nada y así evitaremos que mi padre se enfade…

– Oh, está bien, tienes razón. Pero te advierto que pienso librarme de él tan pronto como sea posible -dijo la anciana, antes de volverse hacia Rina-. Me alegra mucho que hayas venido a la fiesta, pequeña. Luego hablaremos.

– Yo cuidaré de ella -murmuró Logan-. Y no te preocupes, en cuanto vea a Cat, te la presentaré.

Rina sonrió cuando abuela y nieto desaparecieron.

– Me gustan mucho Emma y su familia… Por cierto, no sabía que tú la hubieras recomendado.

– ¿Pretendes decir que no sabías que tengo corazón?

– No, no lo sabía. Y tampoco sabía que fueras celoso.

Colin la tomó de la mano y la acarició suavemente, excitándola de inmediato con los movimientos circulares de uno de sus dedos.

– Me gusta tu sentido del humor, Rina. Y me gustas tú.

Ella pensó que él también le gustaba. Incluso demasiado. Aunque ya había decidido que tendría una aventura con él, no quería poner en peligro sus sentimientos.

– Me apetece beber algo -dijo ella por cambiar de conversación.

– Cat hace un ponche muy bueno. Vamos a probarlo.

Tras tomarse un par de ponches con champán, Rina se sintió bastante más relajada. Al lado de Colin, comenzaba a disfrutar de la fiesta.

– Cuéntame algo más sobre cómo obtuvo Emma su empleo.

– No hay mucho que decir. Hace un año, más o menos, Logan me llamó y me pidió que le buscara algo. Todo el mundo adora a Emma, así que le pedí a Joe que la contratara.

– Hiciste algo más que eso. La salvaste de acabar en un asilo.

Colin se encogió de hombros. No parecía dispuesto a admitir que tenía un gran corazón y que había hecho todo lo que estaba en su mano por ayudar a una amiga en apuros.

– En realidad sólo le conseguí un trabajo en administración. No sabía que terminaría escribiendo columnas -dijo, frunciendo el ceño.

– ¿Es que no te gustan sus columnas?

– No es eso. Es que la suya no me parece la temática más adecuada para un periódico serio.

– Yo también pensaba eso cuando supe lo que Corinne estaba haciendo en el Ashford Times -dijo la joven.

– ¿Y tú? ¿Cómo conseguiste el empleo en el periódico?

En aquel momento apareció un camarero y les ofreció unos entremeses, pero tanto Rina como el propio Colin estaban más interesados en su conversación y no comieron nada.

– Es una larga historia -respondió ella-. Básicamente, mis padres conocen a los padres de Corinne y se hicieron amigos. Cuando supe que Corinne se había hecho cargo del periódico, pensé que mi trabajo podía interesarle y la llamé por teléfono.

– Veo que luchas por lo que quieres -dijo con aprobación-. ¿Siempre quisiste ser periodista?

– No, tardé en darme cuenta. Antes era secretaria en un bufete. Me pagaban bien y tenía tiempo libre, pero siempre me ha gustado más tratar con gente que estar encerrada en un despacho.

– Lo creo -dijo él, mirándola con intensidad.

– Espero que eso sea un cumplido y no un comentario malicioso sobre mi naturaleza curiosa…

– Te admiro, Rina.

La súbita declaración de Colin la sorprendió.

– Gracias -murmuró.

– En cuanto a tus artículos…

– Oh, siempre tomaba notas y escribía historias. Anécdotas, se podría decir. Cuando me casé, tenía tanto tiempo libre, que llené todo un diario.

Al principio, Rina había escrito sobre los amigos de su marido y sobre las relaciones que mantenían. Pero poco a poco sus comentarios se fueron haciendo más profundos y profesionales.

– ¿Quieres decir que dejaste de trabajar después de casarte?

– Sí. Mi marido quería que dejara el empleo y yo pensaba, por aquel entonces, que aquello me gustaría. Pero no me gustó.

A pesar de lo que acababa de decir, Rina había terminado por aceptar la situación sólo por complacer a Robert.

– No te puedo imaginar encerrada en una casa y comiendo bombones.

– Entonces, ¿cómo me imaginas?

Él se encogió de hombros.

– Eres una mujer decidida y obstinada. Te imagino diseccionando los deseos de los hombres -comentó en tono de broma-. Pero lo importante es que llegues a conclusiones correctas.

– Sospecho que te preocupa que pueda saber lo que piensas…

– Ya lo sabes. He leído tu primera columna.

– ¿Y? ¿Qué te ha parecido? -preguntó, sinceramente interesada por su opinión.

– Tienes mucha razón en varios puntos. Los hombres reaccionamos ante lo que vemos.

– Claro, es química básica.

– Yo diría que es deseo.

– ¿Sí? Veo que tendré que profundizar más en mi estudio…

– Estoy seguro de que sabrás como hacerlo. Se nota que conoces a los seres humanos.

– Y se nota que tú crees que me conoces muy bien…

Colin asintió.

– Sí. Te conozco.

Sin embargo, Colin frunció el ceño como si aquello le preocupara de algún modo. Y Rina se preguntó por qué.

La joven sabía que él también estaba buscando una relación superficial, sin demasiadas complicaciones. Pero también sabía que cada día se conocían más el uno al otro y que, en ciertos sentidos, Colin ya la conocía mejor que su difunto marido.

– Dime una cosa, Rina. ¿No te parece extraño que un periódico tenga dos columnistas dedicadas a relaciones personales?

– ¿Extraño? ¿En qué sentido?

– Eso es más propio de una revista, tal vez. Y hay muchas revistas interesantes en Manhattan…

– Sí, es cierto, pero necesitaba alejarme de Nueva York. Me traía demasiados recuerdos. Corinne me ofreció una oportunidad y yo deseaba trabajar en un periódico. Además, su proyecto me pareció muy interesante.

– ¿Y no crees que tanta atención a ese tipo de temas no es propio de un diario?

– Ciertamente es poco usual, pero el mundo está cambiando. Además, muchos periódicos tienen secciones con comentaristas de ese tipo de cuestiones.

– Es cierto, pero son periódicos con muchas secciones y con muchas páginas. El Ashford Times es un periódico pequeño, con espacio limitado. Publicar determinado tipo de textos implica que otros quedan sin publicar.

Rina asintió.

– Supongo que es cierto. Pero Corinne afirma que el Globe vende mucho más que nosotros de todas formas y que debíamos intentar una estrategia distinta -explicó-. En fin, todo lo que sé es que ella me dio la oportunidad de iniciar una nueva vida. Y no te puedes imaginar cuánto lo necesitaba.

En aquel momento, Emma se abrió camino hacia ellos, acompañada por Stan. Pero tropezó y derramó su copa de champán sobre Rina, que, asustada, intentó evitarlo y derramó a su vez su copa sobre Colin. Ahora, los dos estaban empapados de los pies a la cabeza.

La blusa Rina se le pegó aún al más al cuerpo, y para empeorar las cosas, ahora se transparentaba su sostén y algo más. Pero, por muy preocupada que estuviera, la mirada de asombro de Colin la dejó sin habla. Y entonces sus pezones se endurecieron a pesar de encontrarse rodeados de gente.

– Oh, Dios mío, lo siento… -se disculpó Emma.

– No pasa nada, en serio.

– Grace tiene ropa vieja en su armario. Seguro que puedo encontrarte algún top. Y en cuanto a ti, Colin, creo que Logan puede prestarte algo. Anda, venid conmigo.

Rina sabía que su amiga no se rendiría, así que la siguió e hizo un gesto a Colin para que hiciera lo propio.

– Me quedaré aquí, esperándote -dijo Stan a Emma.

– Viejo verde… -murmuró la anciana.

– Yo diría que es bastante guapo -comentó Rina, según se alejaban.

Emma no hizo caso del comentario. Al parecer le gustaba hacer de celestina pero no soportaba que hicieran lo mismo con ella.

– Colin, ésta es la habitación donde se alojan Logan y Cat cuando vienen de visita. No lo hacen muy a menudo, pero… bueno, puedes escoger la ropa que quieras.

Emma abrió una puerta, metió a Colin dentro de la habitación y se alejó con la joven.

– Eres una apisonadora, Emma -dijo Rina-. Y no puedes huir eternamente de Stan. ¿Qué tiene de malo?

– Que llevo demasiado tiempo sola -dijo, antes de detenerse junto a otra puerta-. Aquí tienes el cuarto de baño. Entra y te traeré algo de Grace.

– Gracias por todo, Emma.

Dos minutos más tarde, Emma regresó con una blusa blanca, bastante parecida a la que llevaba, y se marchó.

Rina se encerró en el cuarto de baño y se desabotonó la blusa. Después, tomó una toalla, se desnudó y comenzó a lavarse el pecho cuando un ruido la sobresaltó. Entonces, se dio la vuelta y comprobó que la puerta que había cerrado era la de un vestidor. La otra, que estaba abierta de par en par, daba a un dormitorio.

Y la persona que acababa de entrar en el cuarto de baño tampoco era Emma, sino Colin, sin camisa.


Antes de que Emma los empapara de champán, Colin había estado pensando en la forma de lograr sus objetivos sin herir a Rina. Pero el destino, personificado en una anciana maliciosa y con segundas intenciones, se había interpuesto. Todavía no podía quitarse de la cabeza la imagen de su blusa pegada al cuerpo, transparente, dejando ver su sostén y sus senos.

Cuando entró en el cuarto de baño, dispuesto a lavarse un poco, pensó que ya lo había superado. Pero no esperaba encontrarse a Rina allí. Y ahora que la estaba mirando, sabía que necesitaría una buena y larga ducha fría.

Varias veces se había preguntado qué llevaría Rina debajo de aquella ropa tan ancha. Y aquella noche se había llevado una buena sorpresa. Primero había visto su sostén blanco, de encaje. Y ahora, la veía sin nada, desnuda.

– Un caballero se excusaría y se marcharía de aquí ahora mismo -acertó a decir Rina.

El intento de ella por taparse resultaba ridículo. Se había cubierto los senos cruzándose de brazos, pero no eso no evitaba que pudiera ver todo lo demás.

Colin cerró entonces la puerta y dijo:

– No recuerdo haber dicho que fuera un caballero. Sobre todo, estando a tu lado.

– Mira, necesito entender lo que está pasando… -murmuró ella.

– ¿Qué es tan difícil de entender? Eres una mujer atractiva y me siento muy atraído por ti -dijo, dando un paso hacia ella.

– Ya. Y no te importa qué clase de Rina soy. Si la que se maquilla o la que no se maquilla. Si la que se pone extensiones para aumentar la longitud de su pelo o la que se lo deja tal cual -declaró, ansiosa.

– En efecto. Pero sé que la mujer que está aquí, en este momento, es la verdadera Rina. Tú me conoces igual que yo te conozco a ti, y puedes estar segura de que no te miento.

– ¿Mentirme? No, claro, tú nunca harías algo tan miserable y despreciable -dijo con ironía.

Rina rió y él se alegró de que tuviera tanto sentido del humor. Se acercó a ella. Estaban solos en un cuarto de baño y el resto de los invitados se encontraba muy lejos de allí. Incluso Emma se había marchado, y no le cabía la menor duda de que, de algún modo, la anciana era responsable directa de aquella situación.

Estaba decidido a aprovechar su oportunidad con Rina si ella también lo estaba. E iba a descubrirlo muy pronto.

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