LaVyrle Spencer
Otoño en el corazón

1

Lago White Bear, Minnesota

1895


El comedor de Rose Point Cottage vibraba con las conversaciones. En tomo a la inmensa mesa de caoba se sentaban dieciocho personas, al resplandor de la lámpara de gas, y disfrutaban del tercer plato consistente en espárragos helados rodeados de semillas de berro en conserva, bollitos moldeados en forma de cisnes, y trocitos de manteca como hojas de nenúfar. La mesa, cubierta de mantel de hilo de Irlanda con el emblema de la familia Barnett, lucía cubiertos de plata de Tiffany, y vajilla de Wedgwood Queen. El centro de mesa estaba constituido por cincuenta rosas Bourbon Madame Isaac Pereire, de los mismos jardines de la casa de campo, y el intenso aroma de las flores apenas se disipaba en la brisa de las nueve de la noche, que entraba por las ventanas que daban al lago.

Las paredes del salón estaban cubiertas de papel William Morris, que exhibía racimos de uvas y hojas de acanto sobre fondo granate. El enmaderado, de cerezo color rubí al nivel de los hombros rodeaba los ventanales de casi tres metros de ancho, y en cada esquina remataba en molduras hechas a mano, desde las cuales sonreían a la concurrencia unos querubines, también tallados a mano.

En la cabecera, presidía Gideon Barnett, un individuo robusto, de bigote gris de morsa, y papadas tan abultadas como un postre espeso, derramado. En el otro extremo, Levinia, su esposa, con enormes pechos tan alzados como una vela hinchada por el viento. Usaba el cabello de acuerdo con su condición, con una diadema sobre la coronilla, y a los lados, enrollado en un perfecto rizo plateado, sujeto con peinetas y una rosa de organza de seda. Esa noche, los cuatro hijos de los Barnett, que iban desde los doce a los dieciocho años, tenían permiso para quedarse en la mesa, igual que las tías Agnes y Henrietta, las hermanas solteronas de Gideon. Estaban presentes, además, los miembros de la elite, socios del Club de Yates de White Bear, amigos de los Barnett que, como ellos, venían de Saint Paul a sus respectivas casas junto al lago, como todos los veranos.

La cena debió ser una celebración de triunfo, pues el Club de Yates de Minnetonka, con mucho bullicio y mucha publicidad para ese floreciente deporte, desafió al Club de Yates de White Bear a una serie trianual de regatas, la primera de las cuales se corrió ese día. En una sociedad en la que la navegación a vela se había convertido en una obsesión, y en la que sus miembros tenían un ansia casi rabiosa de ganar, la derrota de esa tarde dejó un sabor tan amargo como si hubiesen perdido un juicio.

– ¡Maldición! -explotó Gideon, dando un puñetazo en la mesa-. ¡No puedo creer que no haya ganado ninguno de nosotros!

Todavía usaba los pantalones blancos y el suéter azul con las iniciales del club en grandes letras blancas sobre el pecho.

– ¡Cualquiera sabe que el Tartar es más veloz que el Kite!

Barnett golpeó otra vez la mesa y las copas tintinearon.

Desde el extremo opuesto de la mesa, Levinia arqueó la ceja izquierda y le lanzó una mirada de reproche: la cristalería era Waterford, y pertenecía a un juego de veinticuatro piezas.

– ¡Tendríamos que haber cambiado los planes de navegación! -continuó Gideon

– ¿Cambiar los planes de navegación? -repitió el amigo, Nathan Du Val-. La nave ya lleva más de doscientos metros de vela, Cid, y tú sabes que eso es más de lo que puede cargar un barco de cinco metros.

– Tendríamos que haberlas hecho de seda, para que fuesen más livianas. ¿No dije yo, acaso, que teníamos que probar con velas de seda?

Nathan continuó, con mucho más control sobre sí mismo que Gideon:

– Gid, el problema no es con el velamen, sino con el arrastre. Me parece que el fondo del Tartar es muy pesado.

– ¡Entonces, tenemos que reducir ese peso! Recuerda lo que digo: ¡reduciremos el peso y el año que viene ganaremos la segunda carrera!

– ¿Cómo?

– ¿Cómo? -Barnett alzó las manos-. ¡No sé cómo, pero me niego a perder diez mil dólares con esos malditos sinvergüenzas de Minnetonka, en particular teniendo en cuenta que ellos nos desafiaron a esta carrera de tres años seguidos!

Levinia dijo:

– Nadie te obligó a apostar una suma tan alta, Gideon. Podrías haber puesto cien dólares.

Pero se disfrutaba tanto de las apuestas como de las carreras en sí mismas, y los miembros del club ponían con gusto los diez mil dólares.

Un criado se acercó a la derecha de Gideon y le preguntó con voz queda:

– ¿Terminó con los espárragos, señor?

Gideon lo desechó con un gesto y ladró:

– Sí, llévatelos.

Y rezongó a la esposa:

– Todos los hombres que están en esta mesa pusieron la misma cantidad en la regata, Levinia, y ninguno de nosotros quiere perder contra esa banda, pues todos los periódicos del país nos observan, y Tim está aquí fotografiando los eventos.

Se refería a Tim Iversen, miembro del club y fotógrafo de éxito, que registraba la regata desde el comienzo.

– Y dejando de lado el tema del dinero, yo soy el presidente de este club, y odio perder. Por lo tanto, la cuestión pendiente sigue siendo: ¿cómo conseguimos un barco que derrote a los de ellos?

Lorna, la hija de Gideon, consideró que ya se había mordido la lengua demasiado tiempo:

– Podríamos contratar a los hermanos Herreshoff para diseñar y construir un barco.

Todos los ojos de los presentes en el salón se volvieron hacia la hermosa joven de dieciocho años, que mantenía la vista clavada en su padre. Tenía un peinado estilo "chica Gibson", con una serie de rizos en la nuca y una línea lánguida que resultaban mucho más favorecedores que la corona de trenzas de su madre. Se peinaba así desde el verano anterior, cuando el señor Charles Dana Gibson fue huésped del Rose Point Cottage, y le ofreció largas disertaciones acerca de la personificación de "sus chicas", y del mensaje que expresaban: que las mujeres podían seguir siendo femeninas y, al mismo tiempo, conservar la libertad y la individualidad. Tras la visita de Gibson, Lorna no sólo cambió el peinado sino que también reemplazó los complicados polisones y las sedas por una sencilla blusa camiseta y una falda, que era lo que usaba esa noche. Al enfrentarse a su padre, los ojos castaños de la muchacha parecían lanzar chispas de desafío: -

– ¿Podemos, papá?

– ¿Los hermanos Herreshoff? -repitió el padre-. ¿Los de Providence?

– ¿Por qué no? Sin duda, podemos permitírnoslo.

– ¿Qué sabes tú de los hermanos Herreshoff?

– Sé leer, papá. Los nombres de ellos figuran en casi todos los números de la revista Outing. ¿Conoces a alguien más capaz?

Lorna Barnett sabía bien que al padre le fastidiaba el interés de la hija por los deportes poco femeninos como la navegación a vela, por no hablar del tenis: si fuera por él, Lorna tendría que quedarse callada durante toda la cena, como una verdadera dama. Pero para Lorna las verdaderas damas eran lo más aburrido del mundo. Más aún, saber que el padre se culpaba a sí mismo por la recién descubierta atracción de la hija hacia los deportes que el señor Gibson había incentivado, aliviaba la sensación de desquite de Lorna. A fin de cuentas, ¿quién había invitado al señor Gibson sino el padre de Lorna? En cuanto llegó el joven artista, con sus ideas revolucionarias sobre la liberación de las mujeres norteamericanas, Lorna adoptó los hábitos y la vestimenta de la "chicamuchacho" de Gibson. Gideon explotó:

– ¡Esto es indignante! ¡Una hija mía revoloteando por ahí en una cancha de tenis, mostrando los tobillos…! ¡Y obligando a las amigas a formar el grupo femenino del Club de Yates de White Bear! ¡Si cualquier estúpido sabe que el lugar de una mujer es el salón!

Y nada menos que en una cena, delante de todos los amigos de Gideon, Lorna tenía la audacia de proponer una solución a los problemas de ellos:

– ¿Conoces a alguien más capaz? -repitió Lorna, al ver que su padre la miraba, furibundo.

El apoyo llegó a través de Taylor Du Val, sentado junto a Lorna.

– Gideon, debes admitir que tiene algo de razón.

Gideon pasó la vista de la hija a Taylor. Este, a los veinticuatro años, se parecía al padre tanto en apariencia como en habilidad comercial, y era un joven brillante que, sin duda, se abriría camino. En tomo a la mesa, los hombres intercambiaron miradas: Gideon, Taylor, Nathan, Percy Tufts, George Whiting y Joseph Armfield, que no sólo constituían el grupo más poderoso e influyente del Club de Yates de White Bear sino también el de la vida financiera de Minnesota. Aparecían en el Who’s Who de Minnesota, como poseedores de vastas fortunas extraídas de ferrocarriles, minas de mineral de hierro, molinos harineros y, en el caso de Gideon Barnett, la madera. Lorna tenía razón: sin duda podían permitirse contratar a los hermanos Herreshoff para que construyesen un balandro ganador, y si las esposas se oponían…

Pero las esposas no harían tal cosa. Las regañinas de Levinia no significaban gran cosa, pues la dedicación de los esposos al yachting les daba notoriedad a ella y a las otras integrantes del círculo social. Se consideraba elegante, propio de privilegiados, y como suscitaba el interés de los periódicos, las mujeres aparecían en fotografías junto a sus esposos. Cada una de las presentes comprendía que su medida estaba en la extensión de la sombra de su marido, y ninguna de ellas presentaría la menor objeción por encargar un velero a los diseñadores más famosos de Norteamérica.

– Se podría hacer. Podríamos encargarlo -dijo Barnett.

– Esa gente de Nueva Inglaterra siempre supo construir barcos.

– También conocen los méritos relativos de las velas de seda.

– ¡Podemos telegrafiarles mañana mismo!

– Y contar con un dibujo a escala hecho a mano a finales del verano, y el barco mismo en mayo próximo, justo para la temporada de navegación.

Mientras los hombres pasaban revista a todas las posibilidades, con los rostros encendidos, el disgusto de antes fue reemplazado por entusiasmo.

Entretanto, ya habían retirado de la mesa el tercer plato. Un criado se acercó a Levinia y le anunció con voz queda:

– Señora, el plato principal.

Levinia alzó la vista y, mientras el hombre se limitaba a permanecer de pie con la fuente de tapa dorada, se le formaron dos pliegues en el entrecejo:

– ¡Pero, por el amor de Dios, déjelo! -le ordenó, en sordina.

Desde cierta altura, Jens Harken dejó caer la fuente caliente, la tapa abovedada se inclinó hacia un lado y sonó como la campana de una boya.

Levinia alzó la mirada. Como el resto de las damas presentes, si bien con respecto al esposo no era más que una sombra, a la cabeza del personal doméstico reinaba sin discusión. Inquieta por la posibilidad de que su grandeza como anfitriona quedara empanada por la incompetencia del personal, preguntó con vivacidad:

– ¿Dónde está Chester?

– Se fue a su casa, señora. Su padre está enfermo.

– ¿Y Glynnis?

– Le duele un diente.

– ¿Usted quién es?

– Jens Harken, señora, el ayudante para todo servicio de la cocina.

El rostro de Levinia se puso encarnado. ¡El ayudante para todo servicio, la noche de una cena importante, nada menos…! ¡El ama de llaves tendría que oírla! Ceñuda, miró al robusto joven, trató de recordar si lo había visto antes, y ordenó:

– Quite la tapa.

El obedeció, poniendo al descubierto una cerceta asada, rodeada de alcachofas de Jerusalén y coles de Bruselas. Alrededor, un arabesco de puré de patatas dorado en el horno, formaba un perfecto marco ovalado.

Levinia examinó la obra de arte, eligió un tenedor, pinché el ave, y dirigiendo a Jens un gesto de aprobación, le indicó:

– Proceda.

Con calma, Jens atravesó la puerta vaivén. Ya en el otro lado echó a correr por el pasillo absurdamente largo, traspasó una segunda puerta vaivén y por fin entró en la cocina.

– ¡Demonios, casi cinco metros de pasillo para que los olores no llegaran al comedor…! ¡Los ricos están locos!

Hulduh Schmitt, la cocinera principal, le depositó con fuerza dos platos en las manos y le ordenó:

– ¡Ve!

Recorrió ocho veces más el largo de ese pasillo, frenando centímetros antes de llegar al comedor, y disimulando la agitación cuando entraba y colocaba los platos delante de los comensales. En cada viaje, oía retazos de conversación acerca de la regata del día, los motivos de que el Tartar, el balandro de Barnett, hubiese perdido, cómo garantizar que ganara la carera del año siguiente, y si las causas del fracaso eran el peso del anda, las velas, la distribución de los sacos de arena o el capitán contratado. No cabía duda de que todos ellos eran entusiastas, a todos les había picado el bicho de la navegación con tanta virulencia que se había extendido sobre ellos como una erupción, en el anhelo de superar al club Minnetonka.

Y Jens Harken era el que sabía cómo podrían lograrlo.

– ¿Hulduh, consígame un papel? -exigió, irrumpiendo en la cocina con las dos últimas tapas de plata de los platos.

Hulduh, que estaba soplando en el molde doble para helado, con el propósito de desmoldar la crema helada, apartó la boca:

– ¿Un papel? ¿Para qué?

– Por favor, consígamelo, y también un lápiz. Si lo encuentra rápido, y sin hacerme preguntas, trabajaré mañana, aunque tengo el día libre.

– Claro, y yo pierdo mi empleo -rezongó la alemana.

Mientras tanto, le daba otro soplido al molde, y depositaba un perfecto cono rayado de crema helada sobre un nido de merengue con sabor a almendra.

– ¿Para qué necesitas tú papel y lápiz? Toma, pon este en la cámara de hielo -ordenó a la segunda criada de la cocina, que recibió el postre y lo colocó en el platillo, dentro de una caja de metal llena de hielo picado, y cenando luego la tapa.

Jens arrojó las campanas que tapaban los platos en el fregadero, y cruzó a la carrera la cocina recalentada para tomar las mejillas regordetas y rojas de la cocinera.

– Por favor, señora Schmitt, ¿dónde hay?

– Jens Harken, eres un fastidio, sí, un gran fastidio -lo regañó-. ¿No ves que tengo que desmoldas más helados antes de que la señora llame pidiendo el postre?

– La ayudaremos, ¿no es cierto? Eh, todos… -hizo un gesto, abarcando a la primera y segunda criadas, Ruby y Colleen.

Tomó uno de los moldes de helado de la caja de hielo:

– ¿Cuánto hay que soplar?

– ¡Ach, lo arruinarán y perderé el empleo!

La señora Schmitt le arrebató el molde de cobre y comenzó a desenroscas la base.

– Sobre la pared, la lista para el ama de llaves. Puedes usar la punta, pero no entiendo qué tiene tanta importancia como para que necesites escribir en mitad de la cena más importante del año.

– ¡Tiene razón! Podría convertirse en la cena más importante del año, en especial para mí y, si así ocurre, le prometo mi amor y mi gratitud eternos, mi querida y adorable señora Schmitt.

Como siempre. Hulduh Schmitt sucumbió al encanto de Jens, haciendo un ademán y con un poco más de rubor en las mejillas.

– ¡Oh, vamos! -dijo, y cubriendo el orificio del molde con un trozo de muselina, siguió soplando.

Jens cortó con pulcritud el extremo del papel, y escribió en armoniosas letras de imprenta: Sé que perdió la carrera. Puedo ayudarlo a ganar el año que viene.

– ¿Espere, señora Schmitt? Déme el plato.

Le arrebató el plato de postre de la mano, puso la nota encima, y la cubrió con uno de los dorados nidos de merengue, dejando visible una esquina del papel.

– Ya está. Ponga la crema helada encima.

– ¿Sobre el papel? Eres tú el que está loco. Los dos nos quedaremos sin empleo. ¿Qué dice?

– No importa lo que dice. Usted desmolde esa crema y póngala encima.

La señora Schmitt se empecinó:

– No, señor. Ni soñando, Jens Harken. Yo soy la cocinera, lo que sale de esta cocina es mi responsabilidad, y de aquí no saldrán postres con notas debajo.

Jens comprendió que no cedería, a menos que se lo dijera.

– Está bien, es para el señor Barnett. Le digo que sé cómo puede ganar la regata el año próximo.

– Ah, otra vez los barcos. Tú y tus barcos…

– Bueno, no pienso ser mozo de cocina toda mi vida. Cualquier día de estos, alguien me escuchará.

– Ah, claro, y yo me casaré con el gobernador y me convertiré en la primera dama.

– Al gobernador podría irle peor, señora Schmitt -bromeo Jens-. Podría irle peor.

La cocinera le lanzó esa mirada con la cabeza un poco baja que el muchacho tan bien conocía. Al ver que no llegaba a nada, le prometió:

– Si sale el tiro por la culata, yo cargaré con toda la culpa. Les diré que fui yo el que puso la nota ahí, a pesar de que usted me advirtió que no lo hiciera.

Sin quererlo, la misma Levinia Barnett había decidido el conflicto al tirar de la cuerda de satén que hacía sonar la campanilla de bronce. La señora Schmitt alzó la vista hacia ella, y se acaloró:

– ¡Mira lo que lograste! Con tanta charla, no he terminado de servir los helados. ¡Ve, ve! Lleva los primeros y ruega que yo conserve suficiente aliento para llegar hasta el final.

En el comedor, Levinia observaba con ojo de águila al ayudante de cocina, Harken, que llevaba los postres. Después del primer traspié, sirvió el resto de la comida sin más tropiezos. Pese al calor estival, las cremas heladas conservaron el moldeado nítido, y cada una de ellas fue traída y depositada sobre la mesa con los movimientos discretos que la señora esperaba del personal. La crema helada de melocotón estaba cubierta por una fina capa de mermelada de albaricoque, y salpicada de frutillas azucaradas. El merengue era firme y dorado, y los platos habían sido enfriados previamente, como correspondía: por tanto, las damas presentes no tendrían nada que criticar.

Como si adivinara los pensamientos de la anfitriona, Cecilia Tufts la elogió:

– ¡Levinia, qué postre tan exquisito! ¿Dónde encontraste a la cocinera?

– Ella me encontró a mí, hace catorce años, el día en que, con mucha inteligencia, me envió varias de sus tortas especiales con un mensajero. Desde entonces, está conmigo, pero últimamente amenaza con irse: ya tiene más de cincuenta. No sé qué haría sin ella.

– Entiendo a qué te refieres. Al parecer, en la actualidad cualquiera con el seso suficiente para distinguir su propio codo de una sopa de huesos se presenta como gobernanta, y es casi imposible encontrar buenas cocineras, capaces de…

– ¡Levinia!

Era Gideon, que interrumpía desde el otro extremo de la mesa. Las consonantes chasquearon como las velas al viento, y su boca estaba tan tensa como el nudo de la cuerda de bolina.

– ¿Puedo hablarte un momento?

El tono de voz del esposo sobresaltó a Levinia. Miró a través de los centros de mesa de rosas y vio que Gideon le manifestaba su desaprobación con cada parte del cuerpo. Sintió como si una cucharada de jarabe de albaricoque se le deslizara por la garganta por su propia voluntad, mientras se preguntaba, nerviosa, qué podría haber sucedido.

– ¿Ahora, Gideon?

– ¡Sí, ahora!

Gideon corrió la silla hacia atrás, mientras Levinia sentía que le subía la sangre al rostro, y se tocó la comisura de la boca con la servilleta.

– Discúlpenme -murmuró.

Se retiro de la mesa y siguió al esposo hacia el pasillo de los criados. ¡Nada menos que el pasillo de los criados, y bajo la mirada de sus mejores amigas! El pasillo angosto, sin ventanas, estaba apenas iluminado por un candelabro de pared de gas, y aún se percibía el débil olor de las coles de Bruselas hervidas que, por fortuna, no había escapado hacia el comedor antes de que se sirvieran esas verduras.

– Gideon, ¿qué…?

– ¡Levinia!, ¿qué diablos pasa aquí?

– ¡Baja la voz, Gideon, que ya me estoy muriendo de vergüenza porque mi propio marido me ha hecho venir aquí, al pasillo de los sirvientes, en medio de una cena formal! Tenemos la biblioteca, el comedor pequeño, en cualquiera de esos podríamos…

– ¡Gano suficiente dinero como para mantener tus vestidos de seda, cremas heladas y dos casas lujosas! ¿También tendré que ocuparme de los criados de cocina?

Dejó la nota en manos de su esposa. Tenía una mancha de frutilla en el borde y cuando trató de soltarla se le quedó pegada en el pulgar.

Levinia se la despegó, la leyó y escuchó que Gideon le decía, con acritud:

– Estaba en mi postre.

Levinia alzó la vista con brusquedad:

– ¿En tu postre? ¡No hablarás en serio, Gideon!

– Te digo que estaba en mi postre y, sin duda, debió de ponerlo alguien de la cocina. La cocina es tu dominio, Levinia. ¿Quién está al mando?

– Yo… pues…

Levinia quedó con la boca abierta.

– La señora Lovik.

La señora Lovik era el ama de llaves, y estaba encargada de contratar tanto al personal de cocina como al de limpieza.

– ¡Se va!

– ¡Pero, Gideon…!

– ¡Y la cocinera también! ¿Cómo se llama?

– Es la señora Schmitt, Gideon, pero…

El hombre ya atravesaba a zancadas el pasillo hacia la cocina, sin dejarle otra alternativa que seguirlo.

– Y también se va el que escribió la nota, sea quien sea. Me cuesta creer que una cocinera o un ama de llaves tengan la temeridad de insinuar que saben cómo ganar una regata que nadie del Club de Yates de White Bear pudo lograr.

Abrió de golpe la puerta de la cocina, con Levinia pegada a los talones, y bramé:

– ¡Señora Schmitt! ¿Quién es la señora Schmitt?

De las cuatro personas que había en la cocina, sólo una no se amilané. Gideon clavé la vista al tonto que antes había dejado caer el plato de Levinia.

– ¡Repito! ¿Quién es la señora Schmitt? -vociferé.

Una mujer que tenía la misma forma que el molde para helados, con el rostro rojo como las brasas del hornillo, murmuró:

– Soy yo, señor.

Gideon la traspasé con la mirada:

– ¿Es usted la responsable de esto?

La cocinera enlazó las manos crispadas sobre la parte delantera manchada del delantal, que le llegaba hasta el suelo, y le tembló el gorro blanco, almidonado.

Entonces, habló Jens:

– No, señor, soy yo.

Gideon dirigió la atención al ofensor, y derramé sobre él todo su desdén, durante diez segundos. Luego dijo:

– Harken, ¿verdad?

– Sí, señor.

El joven no tembló ni se amilanó. Se limitó a permanecer allí, de pie, junto al fregadero de zinc, los hombros erguidos y las manos a los lados. El rostro apuesto brillaba de sudor, y le corría un hilo desde la sien derecha hasta la barbilla. Conservaba la mirada franca, tenía ojos azules, cabello rubio, y la cara afeitada, como exigía Levinia de todo el personal masculino de la casa.

– ¡Está despedido! -declaré Gideon-. Reúna sus cosas y márchese de inmediato.

– Está bien. Pero si quiere ganas esa regata, le convendrá escucharme…

– ¡No, usted me escuchará a mí!

Como un relámpago, Gideon cruzó el suelo de baldosas, y apuntó con el índice el pecho de Jens:

– ¡Yo soy el dueño de esta casa, usted trabaja en ella! No debe hablar a menos que se le hable. ¡Tampoco debió avergonzamos a mi esposa y a mí, entregando mensajes en el postre cuando recibimos a la mitad de los residentes del lago White Bear! ¡Y, por cierto, usted no me da consejos a mí acerca del modo de correr carreras de barcos! ¿Ha entendido?

– ¿Por qué? -repuso Jens, sin alterarse-. ¿Quiere ganar, o no?

Gideon giró con tal brusquedad que obligó a Levinia a apartarse de un salto.

– Schmitt, dentro de una hora quiero que se vaya, y usted, detrás de él. Les enviaré la paga de la semana.

Harken saltó tras él y lo aferré del brazo.

– No tiene nada que ver con las velas de lona, los malos capitanes o el exceso de lastre. El señor Du Val tiene razón. Tiene que ver con la resistencia al avance. Los balandros con los que usted estuvo compitiendo tienen que abrirse paso a través del agua. Lo que necesita es una nave que se deslice sobre el agua. Yo puedo diseñarla.

Barnett giró con lentitud, con expresión de superioridad en el semblante:

– Ah, es usted. Oí hablar de usted.

Harken solté el brazo de Barnett.

– Supongo que sí, señor.

– Todos los clubes de yacht de Minnesota lo han rechazado.

– Sí, señor, y también algunos de la costa este. Pero algún día alguien me escuchará, y el que lo haga tendrá un barco que navegará en círculos en tomo al balandro más veloz que se haya construido jamás en el mundo.

– Bueno, muchacho, debo decir en su favor que tiene agallas, por más que resulte ofensivo. Lo que me gustaría saber es qué hace trabajando en mi cocina.

– Uno tiene que comer.

– Está bien, vaya a comer a cualquier otro sitio. ¡No quiero verlo nunca más por aquí!

Barnett salió a zancadas hacia el corredor, y la esposa corrió tras él, tirándole de la manga. La puerta se cerró.

– ¡Gideon, detente de inmediato!

El grito de la mujer se oyó con toda claridad en el comedor y Lorna vio que los invitados intercambiaban miradas incómodas. Como todo lo que sucedía se oía perfectamente, los invitados dejaron de comer y Lorna fijé la mirada en la puerta del pasillo.

– ¡Gideon, dije que te detengas!

Como no le hizo caso, Levinia lo tomó por el codo y le obligó a detenerse. Con aire sufrido, Gideon cedió.

– Levinia, nuestros invitados esperan.

– ¡Ah, sí, a buena hora te acuerdas de los invitados, después de haberme convertido en blanco del ridículo ante ellos y los criados! ¡Gideon Barnett, cómo te atreves a desautorizarme ante mi propio personal doméstico! No toleraré que despidas a la señora Schmitt sólo porque estás ofendido con un miembro del personal. ¡Es la mejor cocinera que hemos tenido!

Le apretó la manga con tanta fuerza que, sin advertirlo, lo pellizcó.

El esposo hizo una mueca y lanzó un grito.

– ¡Ay! ¡Levinia, no podemos tener en el personal…!

– No podemos permitir que el personal presencie cómo pasas por encima de mis decisiones. Si piensan que no estoy a cargo de mi propia casa, el respeto hacia mí desaparecerá. ¿Cómo podré dar órdenes a los criados de mi cocina, entonces? Insisto en volver y decirle a la señora Schmitt que puede quedarse, y si no te gusta…

La discusión fue creciendo hasta que Lorna, sonrojada, ya no pudo quedarse quieta. "¿Qué les pasa a mamá y papá que se ponen a discutir en el pasillo de la cocina en mitad de una cena formal?", se preguntó.

– Permiso -dijo, en tono suave, y se levantó de la mesa-. Por favor, sigan comiendo.

En el mismo momento en que empujaba la puerta con ambas manos, se escuchó a Gideon:

– ¡Levinia, me importa un comino que…!

– ¡Mamá, papá! ¿Qué diablos ocurre?

Lorna se detuvo, con el entrecejo fruncido, mientras la puerta se cerraba tras ella.

– ¡Todos los invitados están con la vista fija en esa puerta y se remueven en los asientos! ¿No os dais cuenta que se oye cada palabra que decís? ¡No puedo creer que estéis discutiendo por el personal de la cocina! ¿Qué os sucede?

Gideon se colocó el suéter y asumió un aire de dignidad:

– En un momento, estaré ahí. Vuelve, invítalos a pasar al recibidor y toca algo en el piano, Lorna, por favor.

Lorna los miró como si se hubiesen vuelto locos, y pasó otra vez por la puerta vaivén.

Cuando se fue, Gideon dijo en voz mucho más baja:

– Está bien, Levinia, puede quedarse.

– Y la señora Lovik también. No tengo el menor interés en pasar el verano entrenando a un ama de llaves nueva.

– Está bien, está bien…

Alzando las palmas, Gideon se dio por vencido.

– Pueden quedarse las dos, pero dile a ese… a ese… -con dedo tembloroso, señaló hacia la puerta de la cocina advenedizo que saque su pellejo de mi casa en el término de una hora pues, de lo contrario, lo usaré para tapizar una de las sillas, ¿entendiste?

Con un mohín y alzando la nariz, Levinia se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.

Allí, todos estaban hablando a la vez, hasta que entró Levinia y cesó el parloteo. Las doncellas, que lavaban los platos en el fregadero, dejaron las manos laxas. Harken y la señora Schmitt, junto a la caja para el hielo, interrumpieron una discusión y, casi sin darse cuenta, cerraron las bocas. Hacía casi treinta y cinco grados, había vapor y todavía se percibía el olor de las coles. Por la cabeza de Levinia pasó la idea fugaz de que prefería comer alimentos crudos antes que cocinar en ese lugar.

– Señora Schmitt, mi marido habló de manera precipitada. Espero que no se ofenda. La cena de esta noche estuvo espléndida, y me agradaría mucho que se quedara.

La señora Schmitt hizo una breve y ruidosa aspiración por la nariz, cambió el peso del cuerpo a la otra pierna, y se enjugó el sudor que tenía bajo la nariz con la falda del delantal.

– Bueno, no sé, señora. Mi madre va a cumplir ochenta años, y está sola desde que murió mi padre. Estuve pensando que ya es hora de dejar este trabajo tan pesado y dedicarme a cuidarla. Tengo algo de dinero ahorrado y, para serle sincera, yo misma me siento fatigada.

– Vamos, no diga eso. Está tan ágil como el día en que la contraté. Mire qué cena tan magnífica nos ha preparado, casi sin tropiezos.

La señora Schmitt hizo algo que nunca había hecho hasta ese momento: se sentó en presencia de la patrona. Dejó caer su pesado cuerpo sobre un pequeño taburete, y la carne sobrante pareció derramarse sobre el borde, como un soufflé cuando se abre la puerta del horno.

– No sé -dijo, moviendo la cabeza con aire de fatiga-. Últimamente, me siento mareada cuando soplo esos moldes para helado. ¡Y tanta prisa…! Hay días que tengo palpitaciones en el corazón.

– Por favor, señora Schmitt…

Levinia unió las manos como una cantante lírica entonando un aria:

– Yo… No sé qué haría sin usted, ahora, en mitad del verano, aquí en el campo. No sé cómo podría reemplazarla.

La señora Schmitt apoyó su carnoso antebrazo, con la manga enrollada, sobre la mesa de madera llena de marcas, en el centro de la cocina, mientras observaba a la patrona y pensaba.

Lavinia se retorció las manos.

La señora Schmitt al ver que Ruby y Colleen seguían inmóviles, con la boca abierta, junto al fregadero, les hizo un simple ademán, sin pronunciar palabra, por indicarles que volviesen al trabajo.

Levinia dijo:

– Tal vez la convenzan tres dólares más por semana.

– Oh, señora, sin duda eso sería agradable, pero no me aliviaría el trabajo, más aún si él se va -respondió la cocinera, señalando a Harken con el pulgar, sobre su hombro.

– Estoy dispuesta a poner una doncella extra en la cocina.

– Para serle sincera, señora, no tengo mayores ganas que usted de entrenar a una nueva criada. Aceptaré, y le agradezco el aumento, pero si yo me quedo, él se queda. Es un buen trabajador, el mejor que tuve jamás en la cocina, y es voluntarioso. Además, hace el trabajo pesado de recoger, transportar y lavar las verduras, y pronto empieza la época de envasar las conservas, como usted sabe. Esas ollas para hervir son muy pesadas.

A Levinia le pareció que el armazón del corsé se le clavaba en las costillas. Contemplé a Harken con su expresión más severa, y adoptó una decisión súbita:

– Está bien, pero quiero que permanezca fuera de la vista de mi marido, y tiene que prometerme que nunca… ¡nunca, volverá a hacer algo como lo de esta noche!

– No, señora, no lo haré.

– Y no circulará por otro sitio que no sea la cocina y la huerta, ¿entendido?

En respuesta, Harken hizo una leve reverencia.

– Entonces, está resuelto. Señora Schmitt, me gustaría que por la mañana preparase esos huevos cocidos sobre botes de espinaca que al señor Barnett le gustan tanto.

– Huevos cocidos en espinaca, sí, señora.

Sin agregar nada más, Levinia salió de la cocina. Durante todo el trayecto por el pasillo mal iluminado que olía a cerrado, sintió que le palpitaba el corazón, al pensar que había desafiado los deseos de Gideon. Cuando lo descubriese, se pondría furioso, pero, ¡la cocina era su propio dominio! Pensó: "Gideon tiene la política, los negocios, la navegación y la caza, y yo, ¿qué tengo además de los elogios de mis iguales cuando de la cocina salen helados perfectos y verduras exóticas?"

Se detuvo junto a la puerta del comedor, y se acomodó el corsé. Al tocarse la frente descubrió que la tenía húmeda de transpiración, encontró un pañuelo en el bolsillo oculto de la falda, se secó, se acomodó el cabello y se dispuso a enfrentarse a los invitados.

Por supuesto, la cena estaba arruinada. Por más que los invitados, en actitud valiente, fingieran que no habían oído nada de lo que se había hablado en el pasillo de la cocina, oyeron casi todo. Las mujeres, siempre compitiendo en lo que se refiere a reuniones sociales, intercambiaron mudos mensajes furtivos de superioridad, como si acabaran de enterarse de que había muerto la modista de Levinia.

Desde el piano, Lorna observó el retomo de su madre y su aparente calma mientras mandaba a la cama a Daphne y a Theron. Lorna sabía que todavía estaba nerviosa y le costaba disimularlo. ¿Cuál fue la causa de la discusión? ¿La provocó el apuesto criado rubio? ¿Y quién era él? ¿Quién era responsable de que sirviera en el comedor, si no estaba entrenado para ello?

Para distraer la atención de los presentes, Lorna dijo:

– Vamos, cantemos todos: "Después del baile".

Al instante, Taylor Du Val se colocó detrás de Lorna, le apoyó las manos sobre los hombros y comenzó a cantar con brío. Taylor era un buen compañero, siempre dispuesto a hacer lo que Lorna proponía. Pero como los demás se limitaban a mirar, cerró la tapa del piano y le sugirió a Taylor que salieran a la terraza.

De inmediato, su hermanita, Jenny, se levantó de un salto y anunció:

– ¡Yo también voy!

Lorna se fastidió: ¡qué peste resultaba una hermanita de dieciséis años! Ese era el primer verano que Levinia le permitía a Jenny quedarse hasta más tarde con los mayores en ocasiones como la presente y, desde entonces, perseguía a Taylor. No sólo le hacía caídas de ojos cada vez que tenía ocasión, sino que corría a contarle a Levinia todo lo que ellos hablaban.

– ¿No es hora de que vayas a la cama? -preguntó Lorna, con intención.

– Mamá dijo que podía quedarme hasta la medianoche.

Lorna miró a Taylor que, tras la espalda de Jenny, le hizo un gesto de resignación y se encogió de hombros.

Lorna disimulé la sonrisa y dijo:

– Oh, está bien, puedes venir.

La terraza atravesaba toda la fachada principal y seguía el contorno de la casa en las dos esquinas. Sillas de mimbre, mesas y chaise longues estaban repartidas por la terraza, bañada por la luz que salía de las ventanas del saloncito y del comedor pequeño. Olía a las rosas de una enredadera que trepaba por un enrejado y al moho de los almohadones que habían estado guardados todo el invierno.

La propiedad estaba situada en el extremo Este de la isla Manitou, y el lago White Bear se extendía siguiendo el contorno de una hoja de trébol hacia el Norte, el Este y el Sur, y el pueblo de White Bear estaba situado en la costa, hacia el norte, en la bahía Snyder. La casa estaba construida a unos veintidós metros del agua, y el patio se abría en abanico alrededor, dando paso a los jardines, a la huerta, y al invernadero, donde un equipo completo de jardineros mantenía las flores de Levinia y a toda la familia con sus productos, tanto en verano como en invierno.

En esa noche cálida de verano, los frutos del trabajo de los jardineros perfumaban el aire. Era junio, y los jardines estaban en todo su esplendor, las fuentes importadas de Italia gorgoteaban como música de fondo. Había salido la luna y parecía una trompeta dorada sobre el agua. A lo lejos, se oía el mido de la lancha de motor Don Quijote que regresaba al muelle de la ciudad cargada de asistentes a un concierto en el Ramaley Pavilion, al otro lado del lago. Cerca del lago, el puerto de la misma Rose Point, como un dedo y, junto a él, el mástil que se balanceaba apenas, lamido por las olas suaves.

Sin embargo, ese ambiente romántico era un desperdicio esa noche. Jenny apreté el brazo de Lorna en cuanto llegaron a la sombra.

– ¡Lorna, cuéntame qué pasó en la cocina! ¿Papá volvió allí? ¿Qué fue lo que pasó?

– No debemos hablar de eso delante de Taylor, Jenny. ¿Qué modales son esos?

– Oh, no importa -dijo el aludido-. No olvides que soy un antiguo amigo de la familia.

– Vamos, Lorna, cuéntame.

– Bueno, no lo sé todo. Lo que sé es que papá quería despedir a la cocinera, y mamá no se lo permitió.

– ¿A la cocinera? ¡Pero si a todos les encanté la comida de esta noche!

– No sé. Papá jamás había estado en la cocina, en su vida, y mucho menos en medio de una cena formal, y mamá estaba furiosa con él. Se gritaban de un modo que parecía que iban a matarse.

– Lo sé. Se podía oír desde el comedor, ¿no es así, Taylor?

Lorna relató lo que había oído, pero ni ella ni la hermana le encontraron sentido. La escena la había desconcertado tanto como a Jenny, pero antes de que pudiesen comentarlo, Tim Iversen salió a la galería e interrumpió las especulaciones de las muchachas. Encendió la pipa como si tuviera intenciones de quedarse, y la conversación giró hacia las fotografías de la regata que sacó ese día y en qué periódicos aparecerían.

Pronto, otros salieron de la casa y se reunieron con ellos, y las hermanas no tuvieron más oportunidad de hablar de la discusión.

Lorna todavía pensaba en ello cuando la fiesta terminó. Subió con Jenny al piso alto, mientras Gideon y Levinia se quedaban abajo, despidiendo a los invitados.

– ¿Mamá dijo algo acerca de la pelea en la cocina? -murmuré Jenny mientras subían.

– No, nada.

– ¿Y tú no tienes idea de qué se trataba?

– No, pero tengo la intención de descubrirlo.

Ya arriba, Lorna besó a su hermana en la mejilla.

– Buenas noches, Jen.

Fueron a sus respectivos dormitorios: Jenny, al que compartía con Daphne, y Lorna, al propio. Dentro, pese a los techos altos y las amplias ventanas, hacía calor. Se quitó los aros y los dejó sobre el tocador, luego los zapatos, y los dejó junto a una silla. Sin desvestirse, se senté a esperar que se silenciaran los sonidos de actividad en el pasillo. Cuando se convenció de que papá, mamá y Jenny habían terminado de ir al baño y estaban de vuelta en sus cuartos, abrió la puerta, escuchó un momento y se escabullo afuera.

Todo estaba en silencio. Las lámparas del pasillo estaban apagadas. Las tías se habían retirado más temprano y, sin duda, estaban durmiendo.

En la oscuridad, fue de puntillas pasando la escalera principal, hasta la de los criados, al extremo del pasillo. Llevaba desde los dormitorios del tercer piso directamente a la cocina, y desde la segunda planta se accedía por una puerta del pasillo que siempre estaba cerrada.

Lorna la abrió y, al sentir el olor a coles de Bruselas, dio un respingo pero, de todos modos, bajó.

Cuando abrió la puerta de la cocina y espió dentro, vio que aún había allí cuatro personas: dos criadas, la cocinera, señora Schmitt, y ese muchacho Harken, el que había dejado caer el plato de su madre. Las criadas estaban guardando los últimos platos. La señora Schmitt cortaba jamón y Harken barría el suelo. "¡Por Dios, es un atentado para la vista!", pensó Lorna, observándolo un momento antes de que él advirtiese que ella estaba ahí.

Por fin, se dio cuenta de que era impropio admirar a un criado, y dijo:

– ¡Hola!

Todos se quedaron inmóviles.

La primera en recuperar los modales, fue la señora Schmitt.

– ¡Hola, señorita!

Lorna entró y cerró la puerta con suavidad.

– ¿A qué hora van a acostarse?

– Ya casi nos íbamos, señorita, estábamos terminando.

Un reloj hexagonal del tamaño de una panera colgaba de la pared y Lorna le echó un vistazo.

– ¿A la una menos veinte de la madrugada?

– Mañana es nuestro día libre, señorita. En cuanto acabe el desayuno podremos irnos a la iglesia. Lo único que tenemos que hacer es dejar preparados platos fríos para las otras dos comidas del día.

– Oh… sí, por supuesto… Bueno…

Lorna le dedicó una sonrisa.

– No sabía que trabajaban hasta tan tarde.

– Sólo cuando hay una fiesta, señorita.

Se hizo silencio. Las dos doncellas estaban inmóviles, con las manos llenas de ollas de cobre limpias. Harken había dejado de barrer, pero sin soltar el mango de la escoba. Pasaron diez segundos muy incómodos.

– Señorita, ¿puedo servirle algo? -preguntó al fin la cocinen.

– ¡Eh… oh… oh, no! Me preguntaba si… bueno.,

De inmediato, Lorna comprendió su error. La pregunta que vino a hacer era bastante impertinente, incluso para los criados de la cocina. ¿Cómo podía preguntarles a estas personas sudorosas y cansadas qué había sucedido esa noche para enfurecer a su propio padre?

– Arriba hace mucho calor, y quisiera saber si tienen un poco de zumo de fruta aquí.

– Todavía no hemos exprimido el zumo para mañana, pero creo que queda un poco de judy, señorita. ¿Quiere una taza?

El judy contenía champaña y ron, y a Lorna nunca le habían permitido beberlo.

– En su mayor parte, contiene té verde y menta, señorita -agregó la cocinera.

– Oh, bueno, en ese caso, sí… me encantaría beber una taza.

La cocinera fue a buscarlo. En su ausencia, Harken habló:

– Señorita, si me permite la impertinencia, supongo que se preguntaba a qué se debía toda la conmoción que hubo antes en la cocina.

Por primera vez, Lorna lo miró a los ojos, que eran tan azules como las manchas que se forman detrás de los párpados después de mirar un relámpago.

Harken le devolvió la mirada pues era demasiado bonita para negarse el placer.

– Fue conmigo con quien se enfadaron -admitió sin rodeos-. Puse una nota en el helado de su padre.

– ¿Una nota? ¿En la crema helada de mi padre?

La boca de Lorna se abrió de asombro, mientras Jens continuaba barriendo.

– ¿En serio?

Jens le lanzó una mirada fugaz.

– Sí, señorita.

– ¿Puso usted una nota en el helado de mi padre?

Comenzaron a temblarle las comisuras de los labios. Cuando estalló en carcajadas, las criadas intercambiaron miradas desconcertadas. Aunque Lorna se tapó la boca con las manos, sus risas colmaron la cocina hasta que, por fin, se calmó.

– ¿Mi padre, Gideon Barnett?

Harken dejó de barrer para disfrutar sin obstáculos esa conversación tan poco apropiada.

– Así es.

– ¿Qué le dijo?

– Que sabía cómo podía ganar la regata el año próximo.

Lorna pudo controlar la risa, pero no la expresión maliciosa de sus ojos.

– ¿Y qué dijo mi padre?

– ¡Está despedido!

– Oh, caramba…

Con cierto esfuerzo, se puso seria al comprender que, sin duda, al joven no le resultaba tan divertida la situación.

– Lo lamento.

– No es nada. La señora Schmitt me salvó. Dijo que si yo me iba, ella no se quedaría.

– Por lo tanto, ¿a fin de cuentas no lo despidieron?

Jens negó con la cabeza haciendo un movimiento lento.

Lorna le dirigió una mirada inquisitiva:

– ¿En realidad sabe cómo mi padre puede ganar la regata el año que viene?

– Sí, pero no quiere escucharme.

– Por supuesto: mi padre no escucha a nadie. Al intentar darle un consejo, usted corrió un riesgo terrible.

– Ahora ya lo sé.

– Dígame, ¿cómo puede ganar la regata?

– Cambiando la forma del barco. Yo podría hacerlo. Yo puedo…

Volvió la señora Schmitt con una taza de líquido tan claro y pálido como un peridoto, esa piedra semipreciosa de color verde claro.

– Aquí tiene, señorita.

– Oh, gracias.

Lorna la tomó con las dos manos. Con la presencia de la cocinera, las cosas volvieron a su cauce correcto y Lorna supo que no debía estar ahí, hablando de los asuntos de su propia familia con los criados de la cocina, por interesada que estuviese en la navegación. Lanzó una mirada a las dos criadas que permanecían inmóviles, abrumadas por la presencia de la señorita. De pronto, comprendió que les estaba impidiendo irse a la cama.

– Bueno, gracias otra vez -dijo Lorna con vivacidad-. Buenas noches.

Las doncellas hicieron una reverencia flexionando las rodillas, y se sonrojaron.

– Buenas noches, señora Schmitt.

– Buenas noches, señorita.

Y, tras una brevísima pausa:

– Buenas noches, Harken.

Echó otra mirada a esos ojos tan azules. Por fuera, el joven no sonreía ni se amilanaba, y lo único que manifestaba era el respeto que un criado de la cocina les debe a sus superiores. Se limitó a saludarla con la cabeza pero, mientras Lorna se alejaba, los ojos de Jens contemplaron su silueta desde la cabeza a los talones, aferrando con más fuerza el mango de la escoba. Aunque no fuese asunto de él, un hombre tendría que estar desmayado para no admirarla. Cuando Lorna llegó a la escalera de los criados y puso la mano sobre el picaporte, la voz de Jens la detuvo:

– Señorita, ¿me permite preguntarle cuál de ellas es usted? Tengo entendido que son tres.

La muchacha se detuvo y miró sobre su hombro:

– Soy Lorna, la mayor.

– Ah -repuso Jens con suavidad-. Bueno, buenas noches, señorita Lorna. Que descanse.

Pero Lorna no descansó del todo bien. ¿Cómo podía hacerlo, si los ojos tan azules de un criado se interponían entre ella y el sueño? ¡Si ese mismo sirviente tuvo la audacia de deslizar una nota a su padre para decirle cómo ganar la regata! ¡Si los hechos de esa noche habían provocado una pelea tan terrible entre su padre y su madre que, sin duda, al día siguiente todos los amigos de los padres la iban a comentar! ¡Si había probado el primer judy, que la dejó un poco acalorada y fantasiosa…! ¡Y había ocupado el papel de anfitriona de la madre, aunque sólo hubiera sido por un breve rato, y había tocado el piano para los invitados, intercambiado mensajes mudos con Taylor en la terraza, y estaba segura de que si hubiesen estado un momento a solas, la habría besado…!

¿Cómo era posible que una joven de dieciocho años durmiera en una cálida noche de verano, si la vida bullía en su seno como las alas de una crisálida se agitan antes de desplegarse?

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