Capítulo 12

La mujer moderna actual debe ser consciente de la importancia que tiene la moda en su búsqueda de la satisfacción íntima. Hay ocasiones en las que debe lucir un elegante vestido de baile, otras en las que es conveniente que se cubra solo con un negligé y otras en las que no debe llevar nada en absoluto…


Guía femenina para la consecución

de la felicidad personal y la satisfacción íntima.

Charles Brightmore.


La mañana siguiente, Victoria salió temprano de su habitación con paso firme y un plan claramente definido en su cabeza: encontrar a Nathan y asegurarse de que no escapara como lo había hecho de la biblioteca la tarde anterior y del salón de lord Alwyck al caer la noche. No había tenido ocasión de hablar con él en privado desde que el día antes Nathan había abandonado la biblioteca con las notas y el mapa, una situación sin duda molesta. El corazón le había dado un vuelco en el pecho y había notado cómo se le encogía el estómago cuando la noche previa había visto a Nathan de pie en el vestíbulo antes de que el grupo saliera hacia Alwyck Hall. Y, sin duda, no por lo apuesto y disolutamente guapo que le había visto vestido de noche, ni tampoco a causa de la mirada encendida y absorbente que había visto reflejada en sus ojos. No, era porque podía disfrutar de un momento a solas con él para descubrir qué había estado haciendo durante toda la tarde. Si, ese era el único motivo.

Pero entonces había aparecido lord Sutton, seguido rápidamente por su tía y por el padre de Nathan. La oportunidad no se había presentado ni durante el multitudinario trayecto en carruaje ni tampoco durante la cena o la sesión de juegos que había tenido lugar en el salón, y durante todo el tiempo ella no había dejado de fingir su entusiasmo ante las atenciones que le prodigaban tanto lord Alwyck como lord Sutton, cuando lo que en realidad anhelaba era llevarse a Nathan a alguna alcoba apartada y besarle. Es decir, interrogarle.

Nathan se había retirado de la residencia de lord Alwyck antes que el resto del grupo, alegando un principio de jaqueca y afirmando que prefería volver a casa andando pues un poco de aire fresco normalmente le aliviaba en ocasiones así. Una oleada de compasión recorrió a Victoria al conocer la noticia como si hubiera visto a Nathan realmente bajo de ánimo, y se preguntó si la conversación del médico con su padre había sido la causa de su indisposición. Su compasión, no obstante no tardó en convertirse en sospecha. Quizá la repentina jaqueca no había sido más que una excusa y Nathan planea dedicar la noche a la búsqueda de las joyas. Perfectamente podía estar haciéndolo en aquel mismo instante. Sin ella. El muy condenado. Victoria avanzó pisando fuerte por el pasillo y entró al comedor. Entonces se detuvo en seco.

O quizá Nathan estaba en el comedor desayunando unos huevos y leyendo el London Times.

Nathan sostuvo el tenedor en el aire y arqueó una ceja.

– Ah, eres tú, Victoria. Al oír esos pasos he creído que quizá estábamos sufriendo una invasión de soldados en plena marcha.

Oh, qué gracioso. Qué gran sentido del humor. Y que irritante que necesitara como poco una semana para dar con una réplica afilada con la que contrarrestar el comentario. Y más irritante aún era ser consciente de que Nathan estaba sencillamente divino. Con una camisa blanca inmaculada que adornaba un pañuelo anudado con evidente precipitación chaleco de color crema y una chaqueta marrón de Devonshire que no ocultaba algunas arrugas; no debería haber estado tan… perfecto. Sobre todo porque se habría dicho que se había peinado limitándose a pasarse sus impacientes dedos por el pelo. Hum… ¿de qué color eran los pantalones? Victoria se sorprendió poniéndose de puntillas en un esfuerzo por dar respuesta a esa pregunta, pero la mesa de caoba le impidió la vista. Probablemente beige, decidió, imaginando las musculosas piernas de Nathan embutidas en la tela color crema. Apartando la imagen de su mente, volvió a apoyar los talones en el suelo de parquet.

– Al parecer somos los únicos madrugadores -dijo Nathan. Señaló con el mentón al aparador cubierto de escalfadores de plata-. Por favor, sírvete. ¿Prefieres café o té?

– Café, gracias. -En cuanto pronunció las palabras, un joven lacayo se adelantó para servirle la bebida. Después de llenarse el plato con huevos, jamón en finas lonchas y una esponjosa magdalena ante la que se le hizo la boca agua, se sentó delante de Nathan.

– ¿Has dormido bien? -preguntó él, llevándose la taza de porcelana a los labios.

– Muy bien -mintió Victoria. Había pasado una noche espantosa, preocupada, dando vueltas en la cama y preguntándose unas veces si Nathan estaría buscando las joyas sin ella y otras recordando el sabor de su beso, el contacto de su fuerte cuerpo contra ella, envolviéndola. En un momento de desesperación había echado mano de la Guía femenina que guardaba todavía en su bolsa de viaje, pero el libro había resultado demasiado explícito sexualmente para servirle de algún solaz. Lo cierto es que las sensuales palabras de la Guía no habían hecho más que espolear su ya ardiente imaginación.

– ¿Y tú? ¿Has dormido bien?

– No.

– ¿Ah, no? ¿Por qué razón? -dijo, aunque en realidad pensó: Estarías por ahí escondido en los bosques buscando las joyas, ¿no es así, Señor de los Espías?

– ¿De verdad quieres saberlo, Victoria?

Algo en esa pregunta sedosamente formulada y en la firme mirada con la que Nathan la había desarmado sacudió con la reverberación de una advertencia las terminaciones nerviosas de Victoria. Arrancó un pequeño trozo de galleta y levantó cabeza.

– Sí.

Nathan dedicó una leve inclinación al lacayo, ordenándole que los dejara a solas. Cuando la puerta se cerró tras el joven, el médico se inclinó hacia delante, apoyándose sobre los antebrazos y acunando la delicada taza de porcelana entre sus grandes manos.

– No he dormido bien esta noche porque tenía la cabeza demasiado ocupada.

– Entonces ¿estabas aquí? ¿En la casa?

– Naturalmente. Dónde si no iba a… -Se interrumpió bruscamente y recostó la espalda contra el respaldo de la silla-. Ya entiendo. Creías que había salido y andaba por ahí registrando los bosques, a la búsqueda de las joyas sin ti.

Las palabras de Nathan reflejaron con tanta exactitud los pensamientos de Victoria que un rubor culpable asomó a mi rostro.

– ¿Acaso no es ocultarse en los bosques lo que mejor hacen los espías?

– Aunque no te negaré que es algo que se me da bien, no es lo que hago mejor.

– ¿Y qué es lo que haces mejor?

Nathan bajó la mirada hasta la boca de ella y esbozó una sonrisa maliciosa.

– Ah, interesante pregunta donde las haya. ¿Estás segura de que quieres conocer la respuesta, Victoria?

Una ráfaga de calor la invadió por completo y los dedos de los pies se le encogieron en los zapatos. Que Dios la asistiera. Sí, quería conocerla. Desesperadamente. Sobre todo al ver que el brillo que asomaba a los ojos de Nathan augurándole que su respuesta la dejaría a buen seguro sin aliento. Aunque no serviría de nada hacérselo saber. Sin duda, la mejor forma de lidiar con él era seguirle el juego. Le miró directamente a los ojos y preguntó con extrema suavidad:

– ¿Te estás ofreciendo a decírmelo, Nathan?

– ¿Siempre respondes a una pregunta con otra pregunta?

– ¿Y tú?

Nathan rió.

– A veces. Normalmente cuando intento ganar tiempo. ¿Es eso lo que estás haciendo?

– Desde luego que no -respondió ella con una mueca desdeñosa.

– En cuanto a lo que hago mejor, me encantaría decírtelo. Y aún más me encantaría ofrecerte una demostración.

Cielos… Otra oleada de calor la envolvió. Victoria intento recurrir a su expresión más remilgada, aunque no supo con certeza si había salido airosa del intento pues era difícil parecer remilgada mientras un cúmulo de imágenes sexuales le bailaban en la cabeza.

– ¿Aquí? ¿En el comedor?

– No es, desde luego, el lugar más tradicional, pero si es ese tu deseo, estoy dispuesto a saltarme cualquier convencionalismo.

Un bufido muy poco propio de una dama escapó de entre sus labios.

– ¿Tú? ¿Dispuesto a saltarte los convencionalismos? Gracias a Dios que no suelo sufrir vahídos a menudo, de lo contrario una afirmación semejante me habría afectado sobremanera.

Nathan agitó la mano en un gesto magnánimo.

– No te preocupes si sucumbes a la emoción. Recuerda que siendo médico, podría hacer que recobrases el conocimiento de inmediato.

– ¿De inmediato? Entonces es la práctica de la medicina lo que mejor se te da.

Una sonrisa que solo podía ser descrita como picara asomó a los labios de Nathan.

– No. La práctica de la medicina es lo que hago cuando no estoy haciendo lo que mejor se me da.

«Ay, Dios.» No podía ser que se refiera a… Pero, oh, sí, a juzgar por esa sonrisa traviesa, estaba claro que así era. A pesar de los conocimientos que había adquirido leyendo la Guía, Victoria se sintió de pronto tristemente falta de preparación para continuar con la conversación. En un esfuerzo por recuperar el control, adoptó el gélido tono de voz con el que siempre conseguía poner a la gente en su sitio.

– ¡Qué encantador de tu parte! Y ahora dime, ¿cuál es el plan para hoy?

– ¿El plan?

– Para localizar las joyas.

– No tengo la menor idea.

Victoria dejó el tenedor en el plato.

– ¿Que no tienes la menor idea, dices? ¿Después de haber estado toda la noche dándole vueltas?

– ¿Qué te hace pensar que cavilar sobre la ubicación de las joyas es lo que ha llenado mis pensamientos durante la noche?

– Porque así debería haber sido. Si yo hubiera estado toda la noche despierta sin duda habría sido eso lo que habría ocupado mis pensamientos. -Su conciencia dio un respingo y soltó un chillido de indignación. ¡Mentirosa! ¡Has estado del todo despierta y tanto los mapas como las joyas han sido lo último que se te ha pasado por la cabeza!, se dijo. De pronto se quedó inmóvil. ¿Acaso era posible que Nathan hubiera sido víctima de las mismas cavilaciones sensuales que le habían robado el sueño a ella? De ser así…

Ufff… Qué calor hacía en el comedor. Casi no pudo evitar abanicarse con la servilleta de algodón.

– En ese caso, es del todo desafortunado para nuestros planes de búsqueda que hayas dormido tan bien -dijo Nathan con voz seca-. A pesar de que he estudiado al detalle el dibujo y la carta, no he podido descubrir nada más. También he dibujado el mapa cuadriculado de la propiedad. Sugiero que empecemos por el rincón situado más al noreste y que actuemos desde allí. En la carta cifrada que ayer le envié a tu padre en la que le explicaba que habías perdido la nota…

– Querrás decir que tu cabra se comió la nota.

– … le pedí que me enviara otro dibujo. Desgraciadamente, y dadas las distancias implícitas, cuando la nota llegue a Londres y recibamos una respuesta, habrán pasado por lo menos dos semanas. Esperaba poder tener solucionado este asunto para entonces.

– ¿Y así poder volver a tu casa en… cómo se llamaba? ¿Little Longstone?

– Sí. -Nathan terminó su café-. Estoy seguro de que también tú tienes ganas de que este asunto se resuelva y poder regresar a Londres. A tus fiestas, a tus compras y a tus pretendientes. De modo que puedas elegir marido y planear una extravagante boda.

– Sí, eso es exactamente lo que deseo -dijo Victoria. Un ceño se dibujó entre sus cejas al percibir la sensación de vacío que de pronto le atenazó el estómago. Alzó ligeramente el mentón-. Oyéndote, cualquiera diría que hay algo de malo en eso.

– En absoluto. Si es eso lo que quieres… -alegó, encogiéndose de hombros.

Una oleada de calor trepó por las mejillas de Victoria.

¿Cómo se las había ingeniado Nathan para hacer que se sintiera tan… hueca? ¿Tan superficial? Todas las jovencitas sonaban con fiestas elegantes, con salir de compras, con pretendientes y con su propia boda… ¿o no era así? Desde luego, era el caso de todas las muchachas de su entorno.

Sin embargo, antes de poder informar de ello a Nathan, él preguntó:

– Dime, ¿te interrogaron anoche mi hermano o Gordon sobre tu réplica de la nota?

– Sí. De hecho, ambos lo hicieron. Después de que te marcharas.

– ¿Estabais los tres juntos?

– No. Lord Alwyck me lo preguntó cuando nos quedamos un momento a solas.

Los ojos de Nathan se entrecerraron.

– ¿Y cómo llegasteis a quedaros unos instantes a solas?

Sintiéndose totalmente en control de la conversación Victoria tomó otro bocado de huevos antes de responder.

– Me llevó a visitar la sala de música.

– ¿Dónde estaban los demás durante esa visita?

– Mi tía y tu padre estaban jugando una partida de Backgammon. Tu hermano había salido a la terraza.

– ¿Qué fue lo que Gordon te preguntó?

– Hasta qué punto había sido capaz de recordar el contenido de la nota y hasta dónde habías sido tú capaz de descifrarla.

– ¿Y tu respuesta?

– Como te prometí, no revelé nada. Adopté el papel de la mujer olvidadiza, boba y dada a la risa fácil.

– ¿Te creyó?

– Sin duda. A buen seguro está acostumbrado a esa clase de mujeres.

– ¿Y mi hermano? ¿Debo asumir que también te viste a solas con él?

– Brevemente. Cuando regresamos aquí, al venir hacia la casa. Utilicé el mismo ardid con él.

– ¿Su reacción?

Victoria lo pensó durante varios segundos y luego dijo:

– No me cabe duda de que también él me creyó. Aunque debo decir que a la vez me pareció bastante… aliviado. No hará falta que te diga que ahora ambos caballeros me tienen por una cabeza de chorlito.

– Al contrario. Estoy seguro de que te tienen por una mujer femeninamente encantadora.

– Y por una cabeza de chorlito -masculló-. ¿Te interrogaron también a ti?

– Sí. Les dije que, como eres una olvidadiza, boba y risueña cabeza de chorlito, cualquier investigación quedaba pospuesta hasta que reciba noticias de tu padre.

Después de decidir que nada de lo que pudiera decir resultaría agradable, Victoria dedicó toda su atención al desayuno. Tras untar generosamente su galleta con mermelada arándanos, le dio un mordisco, masticó y cerró los ojos, extasiada.

– Es la mermelada más deliciosa que he probado en mi vida -proclamó-, y es todo un cumplido, pues me considero una gran experta en el tema.

Siguió comiendo en silencio durante un instante. Entonces es oyó a Nathan reírse entre dientes.

– Veo que no solo eres golosa, sino que además tienes buen apetito.

El calor le arreboló las mejillas al percatarse de que se había dejado llevar por un impulso. Normalmente desayunaba sola, pues su padre solía dormir hasta tarde, de ahí que estuviera habituada a copiosas comidas… algo que una dama no debía hacer delante de un caballero.

– Me temo que sí.

– No tienes de qué avergonzarte. No era una crítica. Lo cierto es que observarte comer me resulta muy… estimulante. Me ha inspirado una idea.

El tenedor cargado de jamón se detuvo a medio camino cutre el plato y los labios de Victoria, quien miró a Nathan desde su extremo de la mesa. Él la observaba con una mirada especulativa en los ojos mientras se golpeaba despacio los labios con la yema del índice. A pesar de que Victoria no sabía con certeza cuál era la idea que había inspirado en él, el aspecto de los labios de Nathan, tan suaves y firmes bajo su dedo, sin duda inspiraban en ella una idea. De hecho, varias.

– ¿Qué clase de idea? -preguntó, maldiciéndose por dentro al oírse tan falta de aliento.

– Un picnic. Le diré a la cocinera que nos prepare una comida que podamos llevarnos con nosotros para que así no nos veamos obligados a interrumpir nuestra búsqueda volviendo a comer a casa. ¿Qué te parece?

¿Pasar una mañana y una tarde explorando el campo en busca de una valija de joyas robadas con un hombre ante el que todo su ser se estremecía y temblaba al unísono? ¿Con un hombre que la excitaba, la frustraba y la desafiaba como ningún hombre lo había hecho jamás? Se le antojó estimulante Excitante. Y, oh, definitivamente tentador. Su mente no tardo en enviarle un condenatorio mensaje de cautela ante la posibilidad de volver a estar a solas con él, pero su corazón silenció al instante cualquier objeción. Victoria deseaba una oportunidad para volver a besarle… bajo sus condiciones… y el acababa de ofrecérsela.

Y, a juzgar por la breve conversación que había tenido con tía Delia la noche anterior antes de retirarse a sus aposentos, sin duda no tenía que preocuparse de que la señora pusiera la menor objeción a que saliera a pasear a caballo a solas con Nathan. Lo cierto es que su tía la había apremiado, diciendo «Cielos, querida, disfruta de este tiempo delicioso mientras puedas. Que a mí no me guste montar a caballo no significa que tú debas prescindir de ello. Aquí las cosas son mucho menos formales que en Londres. Los paseos a caballo por el campo a plena luz del día son perfectamente respetables».

– Me parece perfecta… mente aceptable.

– Excelente. Lo dispondré todo con la cocinera mientras subes a ponerte el traje de montar. Nos encontraremos en… ¿te parece dentro de media hora en las cuadras?

– Perfecto.

Nathan se llevó la servilleta a la boca y se levantó. Tras una ligera reverencia, salió de la habitación y Victoria dejó escapar un largo y femenino suspiro.

Los pantalones de Nathan eran ciertamente de color crema. Y… le quedaban maravillosamente.


Nathan estaba sentado en un taburete de madera en la enorme cocina, masticando una galleta todavía caliente y viendo cómo la cocinera iba metiendo las cosas en la gastada alforja de cuero marrón que él había bajado de su habitación. De pronto le embargaron recuerdos de otras ocasiones en que había estado sentado también en ese mismo lugar, disfrutar do de algún dulce recién horneado. Durante su infancia, la cocina había sido uno de sus lugares favoritos a los que escapar, no solo debido a las deliciosas golosinas que allí conseguía, sino también a la excitación de lo prohibido… pues ni él ni Colin tenían permitido visitar la cocina. Según había decretado su padre, esa clase de visitas eran de lo más impropio. Sin embargo, como era precisamente en la cocina donde estaban todos los dulces, ni Colin ni él hacían el menor caso a ese dictado.

– Como en los viejos tiempos, ¿eh, doctor Nathan? -dijo la cocinera con una sonrisa de oreja a oreja que dividía en dos sus jubilosos rasgos y las redondas mejillas teñidas de rosa por el calor de la cocina.

Nathan sonrió a su vez. La cocinera se llamaba Gertrude, aunque durante los veinticinco años que llevaba al frente de la cocina de Creston Manor la habían bautizado con el simple apodo de la Cocinera.

– Eso mismo pensaba yo. -Nathan inspiró hondo-. Hum. Estoy convencido de que este es el lugar que mejor huele de toda Inglaterra.

No hubo duda del placer que experimentó la Cocinera ante el comentario.

– Por supuesto que lo es. Y debería darle vergüenza haberse ausentado durante tanto tiempo. Pero ahora ha vuelto y les he preparado, a usted y a su joven dama, un auténtico festín.

– No es mi joven dama -dijo él, ignorando el incómodo hormigueo que esas dos palabras habían provocado en él-. Es simplemente una invitada. A la que le gusta comer. Y mucho.

– Oh, pero esas son las mejores damas, doctor Nathan. Las que no tienen reparos en comer delante de los demás y las que no se las dan de nada. No soporto a esas damas que apenas tocan la comida en el comedor y se ceban en su habitación. -Agitó la mano y arrugó la nariz-. Bah. Unas falsas, eso es lo que son. Siempre se puede saber la clase de mujer con la que se trata por su forma de comer. ¿Dice que la tal lady Victoria tiene buen apetito? En ese caso, haría bien quedándose con ella, acuérdese de lo que le digo.

– Diría que no es una mujer con la que uno pueda «quedarse».

La Cocinera asintió, dando muestras de una comprensión inmediata.

– Tozuda la dama, ¿eh?

– Mucho. Y de fuerte carácter.

– Bendiciones ambas, sin duda. Seguro que se cansaría pronto de una muchacha que estuviera siempre de acuerdo con usted.

– Quizá. Aunque no me desagradaría que estuviera de acuerdo conmigo alguna vez -masculló.

La Cocinera rió.

– Vaya, así que le tiene disgustado…

– Porque es exageradamente irritante. -Y añadió para sí: Además de preciosa. Y divertida. Y encantadora. Y deseable.

La Cocinera rió entre dientes y meneó la cabeza.

– Eso es exactamente lo que pensábamos mi William y yo el uno del otro al principio. No sabíamos si aporrearnos o besarnos. Y puedo decir con toda sinceridad que, en los veintitrés años que llevamos juntos, ninguno de los dos se ha aburrido jamás.

– Y me alegro por usted -dijo Nathan, cogiendo un paño con el que limpiarse los dedos-. Pero, como ya le he dicho, lady Victoria no es mi dama. De hecho, cuanto antes se vaya de Cornwall, mejor para mí.

La Cocinera se encogió de hombros, aunque la especulación que asomó a sus perspicaces ojos oscuros no dejó lugar a dudas.

– Naturalmente, quién sino usted para saber qué es lo que más le conviene. -Cerró la solapa de la alforja y empujó el bulto hacia Nathan-. Aquí tiene. Y espero que me la devuelva vacía.

Nathan levantó la alforja y fingió tambalearse a causa de su peso.

– ¿Vacía? Esto podría llevarnos una semana entera.

– Lo dudo mucho. Al parecer, montar a caballo siempre abre el apetito.

La voz y la expresión de la Cocinera eran la personificación de la inocencia, pero Nathan la conocía lo suficiente para saber que inocencia era precisamente lo que no había en ellas, le dedicó un fingido ceño, que ella ignoró alegremente.

– Gracias por prepararnos la comida -dijo, colgándose la alforja al hombro y dirigiéndose hacia la puerta.

– De nada. Que tenga una tarde agradable.

– Lo dudo -gruñó Nathan por lo bajo al salir-. Aunque al menos no pasaré hambre.

Cruzó el césped a grandes zancadas hacia las cuadras con el ceño fruncido. Maldición, no estaba de buen talante, y la sensación no le gustó nada. La vida que llevaba en Little Longstone era tranquila. La que llevaba desde que había llegado a Cornwall era… exactamente lo opuesto a tranquila. Sentía como si tiraran de él en media docena de direcciones. A pesar de que su sensatez cuestionaba la sabiduría que encerraba la decisión de pasar el día con Victoria, el corazón se le aceleraba en el pecho ante semejante perspectiva. Aunque era plenamente consciente de que no debía desearla, lo cierto es que así era, presa de una creciente desesperación que amenazaba con abrumar su sentido común. A pesar del hecho de que las posibilidades de dar con las joyas y limpiar con ello su nombre eran escasas, seguía sintiéndose obligado a intentarlo. Y, aunque una parte de él deseara fervientemente regresar a Little Longstone, no podía negar que había echado de menos Creston Manor. No había sido consciente en qué medida le afectaría verse de nuevo cerca del mar, de los acantilados y las cuevas. Ni del arrebato de nostalgia que la visita provocaría en él.

Sacudiéndose de encima esas cavilaciones, miró al frente hacia las cuadras. Su sorpresa fue mayúscula al ver a Victoria junto al corral de los animales, de espaldas a él. Cuando, media hora antes, Nathan había sugerido que se encontraran en las cuadras, no se le había ocurrido que Victoria no solo acudiría a la cita puntualmente, sino que lo haría antes de la hora acordada. Como de costumbre, el corazón se le aceleró ridículamente en el pecho. Sus pasos hicieron lo propio.

Victoria se volvió en ese momento y los pasos de Nathan vacilaron al ver que no estaba sola. No, estaba con Petunia. Y Victoria y su cabra parecían estar enzarzadas en un conato de guerra a causa de lo que parecía ser un fragmento de material blanco. Sin duda se trataba del pañuelo de Victoria. Después de haber tenido varios altercados de ese orden con Petunia, Nathan bien sabía cuál de las dos saldría victoriosa del lance, y desde luego no sería la mujer que intentaba arrancar un retal de tela de una cabra claramente decidida a no dárselo.

Echó a correr al ver que ni Victoria ni Petunia cejaban en su empeño. Al acercarse, Nathan oyó a Victoria bufar y resoplar por el esfuerzo.

– Otra vez no -dijo entre dientes, tirando hacia atrás-. Me robaste la nota pero no pienso dejar que me robes mi pañuelo favorito. ¿Por qué no puedes comer arbustos como las cabras normales?

Nathan dejó la alforja en el suelo y se acercó. En cuanto Petunia lo vio, soltó la tela que tenía entre los dientes y salió trotando hacia él, sin duda a la espera de una golosina aún más apetecible. Afortunadamente, con ello soltó el pañuelo de Victoria. Pero, por desgracia, también soltó a Victoria. Con un grito de sorpresa, Victoria se tambaleó hacia atrás y cayó al suelo, aterrizando sonoramente sobre su trasero.

Nathan echó a correr hacia ella y se agachó, apoyando una rodilla en el suelo junto a ella.

– ¿Estás bien?

Victoria se volvió a mirarle. Tenía las mejillas teñidas de carmesí y la piel brillante a causa del esfuerzo. Se le había ladeado el sombrero y un largo rizo moreno le dividía la frente en dos, tapándole el puente de la nariz. Jadeos entrecortados se abrían paso entre sus labios entreabiertos. El triunfo resplandecía en sus ojos.

– He ganado. -Levantó la mano enguantada, que agarraba un arrugado y no muy limpio pañuelo de lino al que le faltaba un trozo de encaje en uno de los bordes.

Aliviado al ver que obviamente ella estaba bien, Nathan dijo:

– No estoy seguro de poder declarar vencedora a la joven despeinada del sombrero inclinado que está sentada sobre su trasero en el fango. Aun así, me inclino ante su valoración de la situación.

Victoria resopló hacia arriba para apartar el rizo que le tapaba la nariz, pero el sedoso bucle volvió a posarse exactamente en el mismo lugar.

– Lo importante no es quién esté en el suelo, ya que el ganador es quien ostenta el botín de guerra. -Agitó el puño en el que tenía agarrado el pañuelo para hacer hincapié en su declaración.

– ¿Te has hecho daño?

– Solo tengo herido el orgullo. -Lanzó una mirada afligida a su puño cerrado-. Aunque me temo que mi pañuelo está gravemente malherido.

– ¿Qué diantre estabas haciendo?

Ella se volvió a mirarle y arqueó una ceja.

– ¿Acaso no era evidente? Intentaba rescatar mi propiedad de esta cuadrúpeda ladrona de pañuelos.

– ¿Y cómo ha conseguido cogerlo, me lo puedes explicar?

– Se ha acercado a mí sigilosamente por detrás. Estaba dando de comer a tus patos cuando he notado que algo me empujaba. En cuanto me he vuelto, tu cabra se estaba comiendo mi pañuelo.

– ¿Y dices que un animal que pesa al menos sesenta kilos se ha acercado a ti sigilosamente?

Victoria levantó la barbilla y le lanzó una mirada altiva.

– Es sorprendentemente sigilosa para su tamaño.

– ¿Por qué estabas dando de comer a los patos? Creía que no te gustaban las… ¿Cómo llamaste a mis animales? Ah, sí, bestias de corral.

– Nunca he dicho que no me gusten los patos. Lo que dije fue que no me gustaban los animales que pesan más que yo. Como verás, tus patos son considerablemente más pequeños que yo.

– ¿De dónde has sacado el pan?

– Del comedor.

– Entiendo. O sea, que te dedicas a sustraer comida de la casa de mi familia para luego intentar engatusar a mis patos con material robado.

Un inconfundible sonrojo culpable tiñó las mejillas de Victoria, y Nathan sintió que algo cambiaba en su interior al darse cuenta de que ella había intentado ganarse la amistad de sus patos. Sin embargo, en lugar de parecer abatida, ella alzó aún más la barbilla y le miró directamente a los ojos sin inmutarse.

– Aunque sin duda podría encontrar un modo más delicado de describir lo acontecido, en una palabra, sí, eso es exactamente lo que ha ocurrido. Y quiero que sepas que los patos y yo nos estábamos llevando fantásticamente bien hasta que ya-sabes-quién se ha acercado a mí sigilosamente.

Al verla así, tan despeinada e indignada, Nathan tuvo que apretar los labios para reprimir una sonrisa. Los ojos de Victoria se entrecerraron al instante.

– No te estarás riendo, ¿verdad?

Nathan tosió para disimular una carcajada.

– Por supuesto que no.

– Porque, si fuera así, mucho me temo que un gesto semejante hablaría muy mal de ti. Espantosamente.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué harías? ¿Empujarme al suelo sobre mi trasero? ¿Aplastarme con tu pañuelo desprovisto de encaje?

– Ambas son posibilidades harto tentadoras. No obstante, no deben revelarse jamás los planes de venganza, especialmente a la persona a la que se desea convertir en destinatario de ella. Seguro que eso es algo que todo espía sabe.

– Oh, sí. Creo que se menciona en el Manual Oficial del Espía.

Tras mascullar algo que sonó sospechosamente parecido a «qué hombre tan exasperante», Victoria le lanzó una mirada airada que resultó considerablemente menos intensa debido al rizo que le dividía la nariz, e intentó levantarse. Nathan se puso en pie y le ofreció la mano, pero ella la apartó a un lado. En cuanto estuvo de pie, se plantó el puño cerrado en la cintura y levantó el otro brazo para señalar con un dedo imperioso a Petunia, que estaba sentada, perfectamente relajada, bajo un bosquecillo de olmos cercano.

– Esa cabra es una amenaza.

– De hecho, es muy dulce. Su único defecto es que tiene una curiosidad insaciable.

– Y que tristemente carece por completo de criterio en lo que a las golosinas se refiere.

– Sí, eso también.

Victoria se fijó en la ropa de Nathan.

– ¿Cómo es que no parece faltarte ningún botón y que no tienes la marca de ningún mordisco en tu ropa?

– Aprendí muy deprisa, en cuanto perdí no uno sino dos botones del chaleco, que aunque a Petunia le gustan las golosinas que tengan algo que ver con la ropa, le encantan las zanahorias y las manzanas. El Manual Oficial del Espía explica con claridad que resulta más fácil lidiar con nuestros enemigos cuando les ofrecemos lo que desean.

– Es decir, que has salvaguardado tu ropa con…

– Zanahorias y manzanas. Sí.

Victoria se sacudió una mancha de polvo que le deslucía la falda.

– Podrías haber mencionado ese útil detalle un poco antes.

– No me lo habías preguntado hasta ahora. Además, no se me había ocurrido que fueras a llegar a las cuadras antes que yo.

– Quería asegurarme de que no intentarías salir a escondidas sin mí.

Las palabras de Victoria tuvieron sobre él el efecto de una jarra de agua fría y los hombros de Nathan se tensaron.

– Hemos hecho un trato. Soy un hombre de palabra -dijo con voz glacial.

El silencio se extendió entre ambos. Victoria levantó la mano, se ocultó el rizo rebelde bajo el sombrero y observó atentamente a Nathan.

– En ese caso, supongo que te debo disculpas.

Él se limitó a inclinar la cabeza y a esperar.

Siguió un nuevo silencio. Por fin, Victoria dijo:

– No estoy nada contenta con el estado de mi pañuelo.

Él la miró fijamente, perplejo, y meneó la cabeza.

– Vaya, ha sido la peor disculpa que me han ofrecido nunca.

– ¿Qué quieres decir? He reconocido que te debía una disculpa.

– De hecho, lo que has dicho es que «suponías» que me la debías.

– Exacto. ¿Qué más quieres?

– Una disculpa no pronunciada no es tal, Victoria. -Nathan se cruzó de brazos y arqueó las cejas.

Una vez más, Victoria le estudió durante largos segundos con una extraña expresión en el rostro. Luego se aclaró la garganta.

– Lo siento, Nathan. Hicimos un trato y no me has dado ningún motivo para que dude de que eres un hombre de palabra. -Pegó firmemente los labios y él no pudo contener una carcajada.

– A punto has estado de ahogarte para no añadir las palabras «hasta ahora», ¿verdad?

– Ha requerido cierto esfuerzo, es cierto.

– Bueno, acepto tus disculpas. Y, en honor a la justicia, te ofrezco las mías. Siento que mi cabra te haya destrozado el pañuelo. Ya sé que es un pobre sustituto, pero… -Se llevó la mano al chaleco, sacó un cuadrado doblado de lino y se lo presentó a Victoria con una floritura-. Por favor, acepta el mío en su lugar.

– Esto no es necesario…

– Aun así, insisto -dijo él, depositando el pañuelo en la mano de ella-. Y demos gracias de que Petunia no te haya mordisqueado los zapatos en vez del pañuelo, pues mucho me temo que los míos son demasiado grandes para ofrecértelos como recambio.

Los labios de Victoria se contrajeron.

– Hum. Sí. Sobre todo teniendo en cuenta que ya tienes una mascota que, como su nombre indica, se caracteriza por destrozar el calzado. -Se metió el pañuelo de Nathan y el suyo, roto como estaba, en el bolsillo del traje de montar y le tendió la mano-. ¿Tregua?

Nathan estrechó su mano. Sin embargo, un instante después, un diablo interior le impulsó a llevarse la mano de Victoria a los labios. Aun así, no tuvo bastante con rozar con los labios los dedos enguantados de la joven, de modo que hizo girar la mano para dejar a la vista la delgada franja de muñeca desnuda que quedaba al descubierto entre el guante y la manga de su chaqueta de montar. Manteniendo la mirada clavada en la de ella, posó los labios en el suave atisbo de pálida piel. E inmediatamente lo lamentó.

Un esquivo olorcillo a rosas jugó con sus sentidos, colmándole al instante de una apremiante necesidad de hundir el rostro en la suave piel de Victoria e inspirarla por completo. Pero fue la reacción que observó en ella lo que le obligó a contener un gemido del más puro deseo. Un fugaz jadeo seguido de una larga y lenta exhalación. Ojos que se abrían ligeramente para entrecerrarse un instante después. La punta de la lengua humedeciendo unos labios ligeramente despegados. Victoria parecía enardecida, excitada y… demonios, el efecto que esa mujer tenía sobre él era totalmente absurdo. Había conseguido ponerle de rodillas ante ella con una simple mirada. Que Dios le asistiera si en algún momento decidía seducirle deliberadamente.

Maldición, tendría que haberla dejado seguir enojada con él, haber intentado mantener por todos los medios la pequeña distancia que había entre ambos. Le habría resultado mucho más fácil resistirse a ella si Victoria hubiera insistido en no hablarle. En no desafiarle. En no mirarle con esos enormes ojos azules. Pero no, había aceptado su oferta de tregua cuando lo que en realidad tendría que haber hecho era insistir para que ella se cubriera con un saco de yute.

Y ahora estaba a punto de disfrutar de su compañía toda una tarde. Una tarde durante la cual se vería obligado a visitar el lugar donde había vivido la peor noche de su vida. Que Dios le asistiera. Nathan no estaba seguro de lo que más le atemorizaba… si pensar en el comienzo de la tarde o en su final.

Загрузка...