CAPÍTULO 13

Meg vio a Ted al día siguiente en el club, pero estaba jugando con Spence y Sunny, así que él se mantuvo alejado de su carrito de bebidas. Cuando llegó a casa esa tarde, se encontró con un camión aparcado en frente de las escaleras esperándola. Diez minutos después, había despedido al camión con su carga intacta.

Entró en la calurosa iglesia sin airear. La gente seguía intentando darle cosas que no quería. Anoche Shelby había deslizado el cheque en su bolso, lo que obligó a Meg a romperlo. Y ahora esto. Por supuesto que necesitaba muebles, y cuando había visto el aire acondicionado portátil, casi había dejado de lado sus principios. Casi, pero no lo hizo.

Abrió las ventanas de la iglesia, lo que se había convertido en una afición, y se sirvió un vaso de té helado de la nevera. Ésta era la segunda vez en una semana que alguien había intentado pagarle por abandonar la ciudad. Si se permitiera pensar en ello, se deprimiría, y no quería estar deprimida. Quería estar enfadada. Después de una rápida ducha, se puso unos shorts, una camiseta de tirantes y unas par de sandalias de dedo y salió.

Unos pilares de piedra marcaban la entrada de la finca Beaudine. Pasó a través de un bosque de árboles de dura madera y cruzó un viejo puente de piedra antes de que el camino serpenteara en una serie de bifurcaciones. La casa principal era fácil de identificar, baja y amplia, construida como una típica hacienda de Texas de piedra y estuco con ventanas con forma de arco y los marcos de las puertas de madera oscura. Detrás de un muro bajo, vislumbró una espaciosa piscina, una casa de la piscina, un patio, jardines y construcciones más pequeñas del mismo estilo que la hacienda, probablemente casa de invitados. Se dio cuenta que no era tanto un finca, sino un complejo y hacia cualquier sitio que mirase las vistas la dejaban sin respiración.

Cuando el camino circular la llevó al mismo sitio, eligió otro camino para encontrarse sólo un putting green y edificios de mantenimiento. Lo intentó de nuevo y dio con una pequeña piedra y un rancho de ladrillo con la furgoneta de Skeet Cooper visible en el interior del garaje abierto. No hay nada como tener a tu caddy cerca. El último camino la llevó cuesta arriba donde aparecía un paisaje rocoso. Y allí, una moderna estructura rectangular perfectamente equilibrada de estuco color crema, coronada por un tejado inclinado hacia el centro. Majestuosas vidrieras en la parte sur, a lo largo de las cuales unos salientes proporcionaban sombra a la parte interior. Incluso sin los pequeños y elegantes aerogeneradores montados en el tejado, habría sabido que era la casa de él. Era bonita, creativa, funcional y decía mucho sobre su dueño.

La puerta delantera se abrió antes de que ella pudiera llamar al timbre y apareció en frente de ella, descalzo, con una camiseta negra y unos pantalones de deporte grises. -¿Te gustó el tour?

O alguien lo había avisado o había cámaras de seguridad controlando la propiedad. Conociendo su amor por los aparatos, sospechaba que se trataba de lo último. -El poderoso gobernante del Reino Beaudine lo sabe todo.

– Hago lo que puedo -. Se apartó para permitir el paso.

La casa era espaciosa y luminosa, decorada en tonos pálidos de gris y blanco, un refugio fresco y tranquilo para el castigador calor del verano y a las igualmente castigadoras exigencias de ser Ted Beaudine. Los muebles eran bajos, cada pieza cuidadosamente seleccionada tanto por la comodidad como por su imponente belleza. La parte más sorprendente era una habitación rectangular acristalada suspendida sobre la habitación principal.

La casa era prácticamente un espacio monástico. Sin escultura de piedra en las esquinas; sin pinturas adornando las paredes. El arte se encontraba fuera, con la vista de las riveras rocosas del río, las colinas de granito y los distantes valles sombríos.

Ella había crecido en grandes casas, la laberíntica granja familiar en Connecticut, su casa de Bel Air, la casa de fin de semana en Morro Bay, pero ésta era algo muy especial. -Bonita casa -, dijo ella.

Mientras cruzaba el suelo de bambú, la luz de hall que se había encendido cuando él la había recibido se apagó automáticamente. -Si has venido por el sexo, me he aburrido de ti -, dijo él.

– Eso explicaría la enorme cama del camión de reparto con esas cómodas sillas de tamaño de hombre.

– Y el sofá. No olvides el sofá. No es por herir tus sentimientos, pero tu casa no es muy cómoda. Y por la llamada telefónica que acabo de recibir, he oído que quieres que siga así. ¿Por qué mandaste irse al camión?

– ¿De verdad crees que voy aceptar regalos de ti?

– Los muebles eran para mí, no para ti. Que me aspen si paso otra noche en ese futón.

– Es bueno que estés aburrido de mí.

– Podría cambiar de opinión. De echo…

– No es asunto tuyo amueblar mi casa -, dijo ella. -Lo haré cuando tenga tiempo. Aunque tengo que admitir que casi me convences con ese aire acondicionado. Desafortunadamente, he desarrollado este estúpido orgullo personal.

– Tú te lo pierdes.

– Ya tienes suficiente gente de la que cuidar, señor Alcalde. No tienes que cuidar también de mí.

Ella por fin lo sorprendió. Él la miro de forma extraña. -Eso no es lo que estaba haciendo.

– Oh, sí, lo estabas haciendo -. Ella hizo todo lo posible para disimular el hilo de ternura que le provocaba. -Vine para arrancarte la cabeza, pero parece que esta casa ha absorbido la mayoría de mi indignación. ¿Tienes algo de comer?

Él señaló con la cabeza. -Ahí atrás.

La impresionante cocina de acero inoxidable no era grande, pero era un auténtico desafío de eficiencia. Una encimera central resistente se usaba para cocinar, pero también se podía extender sin problemas para tener una mesa lo suficientemente grande para una cena elegante, con cuatro sillas de respaldo de alambre entrelazada metidas a cada lado de la encimera. – No me gustan los comedores -, dijo él. -Me gusta comer en la cocina.

– Pienso lo mismo.

Olvidándose de que estaba hambrienta, se acercó a la característica más llamativa de la habitación, otra pared colosal de cristal, ésta daba al valle Perdernales donde el río corría como una cinta azul verdosa sobre conjuntos de piedras de caliza irregulares. Mas allá del valle, el sol se ponía haciendo que las colinas se viesen de color púrpura en un incendio mandarina. -Extraordinario -, dijo ella. -Has diseñado esta casa, ¿no?

– Es un experimento de consumo de energía cero.

– ¿Qué quiere decir?

– La casa produce más energía de la que consume. Ahora mismo un cuarenta por ciento. Hay paneles solares y fotovoltaicos en el tejado, junto con colectores de agua de lluvia. Tengo un sistema de aguas usadas, calefacción geotérmica y máquinas de refrigeración, aparatos con interruptores que los apagan cuando no se usan. Básicamente, vivo sin necesitar la red eléctrica.

Ted había conseguido su fortuna ayudando a las ciudades a optimizar su consumo eléctrico, así que la casa era una extensión natural de su trabajo, pero incluso así era algo para ser reconocido.

– Usamos demasiada energía en este país -. Él abrió la puerta de la nevera. -Tengo sobras de carne asada y hay más cosas en el congelador.

Ella no pudo ocultar su asombro. -¿Hay algo que no sabes hacer?

Él cerró la puerta y se dio media vuelta. -Aparentemente, no puedo hacer el amor de a cuerdo a tus especificaciones, que cualquiera sabe cuales son esas malditas especificaciones.

Una vez más se había adentrado en una zona de peligro. -No quería herir tus sentimientos.

– Ya. Decirle a un tío que es un asco en la cama te garantiza hacerle sentir muy bien.

– No eres un asco. Eres perfecto. Incluso yo sé eso.

– Entonces, ¿de qué diablos te quejas?

– ¿Por qué te importa? -dijo ella. -¿Has pensado siquiera que podría ser un problema mío en lugar de tuyo?

– Tienes toda la maldita razón, es tu problema. Y no soy perfecto. Me gustaría que dejaras de decir eso.

– Cierto. Tienes un sentido sobre desarrollado de la responsabilidad y has conseguido ser tan bueno en ocultar lo que realmente sientes que dudo que ya sientas algo. Un claro ejemplo. Tu prometida te deja en el altar y a ti a penas te afecta.

– Vamos a ver si lo entiendo -. La apuntó con el dedo. -Una mujer que nunca ha tenido un trabajo, que no sabe que hacer con su vida y cuya propia familia parece haberle dado la espalda…

– No me han dado la espalda. Simplemente, no sé, se han tomado un respiro -. Ella alzó las manos. -Tienes razón. Estoy celosa porque eres todo lo que yo no soy.

Él resopló. -No estás celosa, y lo sabes.

– Un poco celosa. No le muestras a nadie lo que sientes. Yo le muestro todo a todo el mundo.

– Mucha práctica.

Ella no pudo contenerse. -Simplemente creo que tú podrías ser mucho más.

Él la miró boquiabierto. -¡Estás conduciendo un carrito de bebidas!

– Lo sé. Y lo triste es que no lo odio completamente -. Con un bufido de disgusto, alargó la mano de nuevo a la nevera. Ella se quedó sin aliento. Abalanzándose hacia delante, le cogió las manos y le miró las palmas. – Oh, Dios mío. Estigmata.

Él las apartó. -Un accidente con un rotulador.

Ella se agarró el corazón. -Dame un segundo para recuperar el aliento y luego muéstrame el resto de la casa.

Se frotó la tinta roja de sus palmas y sonó taciturno. -Lo que debería hacer es echarte.

– No vales para eso.

Él salió de la cocina y ella pensó que en realidad iba a hacerlo, pero cuando llegó a al salón, se alejó de la puerta de entrada en dirección a una escalera flotante que llevaba hasta la habitación acristalada suspendida. Ella lo siguió y entró en su biblioteca.

Parecía que entrabas en una casa del árbol bien amueblada. Paredes de libros rodeaban una cómoda sala de estar. Un arco abierto en la pared posterior llevaba a un pasillo acristalado que conectaba esta parte de la casa con una pequeña habitación separada construida contra el lateral. – ¿Un refugio contra bombas? -ella preguntó. -¿O una zona segura para esconderte de las damas?

– Mi oficina.

– Genial -. No esperó a que le diera permiso para cruzar la pasarela. Un par de lámparas fluorescentes se encendieron automáticamente cuando bajó dos escalones para entrar en una sencilla habitación con altas ventanas; un sistema de ordenadores de vidrio templado y acero negro; varias sillas ergonómicas y unos elegantes muebles para guardar cosas. La oficina era sencilla, casi espartana. Todo lo revelaba sobre su dueño era su eficiencia.

– ¿No hay calendarios pornos o tazas de I love Wynette?

– Aquí vengo a trabajar.

Ella volvió sobre sus pasos y regresó a la biblioteca suspendida en el aire. -Las Crónicas de Narnia -, dijo, cojiéndolo de una estantería con clásicos infantiles. -Me encanta esta serie. Y debo haber leído una docena de veces Tales of a Fourth Grade Nothing.

– Meter y Fudge -, dijo él volviendo a entrar en la habitación detrás de ella.

– No puedo creer que todavía los tengas.

– Es difícil deshacerse de los viejos amigos.

O de cualquier amigo, ya que estamos. El mundo entero formaba el círculo íntimo de Ted. Sin embargo, ¿cómo de cercano era a cualquiera de ellos?

Ella estudió su colección y encontró tanto literatura como género de ficción, biografías, no ficción sobre una extraña variedad de temas y volúmenes técnicos: textos sobre la contaminación y el calentamiento global; biología de las plantas, uso de pesticidas y salud pública; libros sobre conservación de suelos y agua potable; sobre la creación de habitas naturales y la preservación de los humedales.

Se sintió ridícula. -Todas mis protestas sobre cómo los campos de golf destruían el mundo y tú ya estabas al tanto -. Cogió un volumen llamado Una nueva ecología de la estantería. -Recuerdo éste de la lista de lectura de la universidad. ¿Puedo tomarlo prestado?

– Adelante -. Él se sentó en un sofá bajo y cruzó un tobillo sobre su rodilla. -Lucy me dijo que lo dejaste en tu último año, pero no me dijo por qué.

– Demasiado duro.

– No me vengas con esas.

Ella pasó una mano por la cubierta del libro. -Era intranquila. Estúpida. No podía esperar para empezar a vivir y pensaba que la universidad era una pérdida de tiempo -. A ella no le gustaba el deje amargo de sus propias palabras. -Era básicamente una niña mimada.

– No exactamente.

No le gustaba la forma en que la estaba mirando. -Te aseguro que lo era. Lo soy.

– Oye. Yo también era un niño rico, ¿recuerdas?

– Sí. Tú y Lucy. Los mismos padres exitosos, las mismas ventajas y mira lo bien que habéis salido.

– Sólo porque nosotros encontramos pronto nuestras pasiones -, dijo llanamente.

– Sí, bueno, yo también encontré la mía. Vagar por el mundo pasándomelo bien.

Él jugaba con un boli que había recogido del suelo. -Muchos jóvenes lo hacen mientras intentan aclararse. No hay muchas indicaciones para gente como nosotros, los que hemos crecido con padres con grandes logros. Todo niño quiere que su familia se sienta orgullosa de ellos, pero cuando tus padres son los mejores del mundo en lo que hacen, es un poco difícil de conseguir.

– Lucy y tú lo conseguisteis. Al igual que mis hermanos. Incluso Clay. Ahora no está ganando mucho dinero, pero tiene un talento increíble y lo hará.

Él estaba haciendo clic con el boli. -Podrías encajar en cualquier historia de éxito sobre un crío con fondo fiduciario sin un propósito en la vida que pasa temporadas en rehabilitación, algo que pareces haber evitado.

– Cierto, pero… -Sus palabras, cuando finalmente las dijo, sonaron pequeñas y frágiles. -Yo también quiero encontrar mi pasión.

– Quizás has estado buscando en los lugares equivocados -, dijo él en voz baja.

– Te olvidas que he estado en todas partes.

– Supongo que viajar alrededor del mundo es mucho más divertido que viajar al interior de tu mente -. Dejó el boli y se levantó del sofá. – ¿Qué te hace feliz, Meg? Esa es la pregunta a la que necesitas responder.

Tú me haces feliz. Mirándote. Escuchándote. Viendo la forma en que piensas. Besándote. Tocándote. Dejando que me toques. -Estar al aire libre -, replicó ella. -Llevar ropa funky. Coleccionar antiguas monedas y cuentas. Pelearme con mis hermanos. Escuchar a los pájaros. Oler el aire. Cosas inútiles como esas.

Jesús no se burlaría, y tampoco lo hizo Ted. -Bien, entonces. Ahí tienes tu respuesta -. La conversación se había puesto demasiado profunda. Ella quería psicoanalizarle a él, no al revés. Se tumbó en el sofá que él acababa de dejar libre. -Así que, ¿cómo va esa fabulosa subasta?

Su expresión se ensombreció. -Ni lo sé, ni me importa.

– Lo último que escuché es que las pujas por tus servicios habían superado los siete mil.

– No lo sé. No me importa.

Había conseguido desviar la conversación de sus propios defectos, así que apoyó sus pies en un reposa pies. -Vi el USA Today de ayer en el club. No puedo creer cuanta atención nacional ha empezado a conseguir esto.

Él cogió un par de libros de una pequeña mesa y los colocó de nuevo en la estantería. -Gran titular en su sección de Sociedad -. Gesticuló en el aire. -"Rechazado prometido de Jorik a la venta al mejor postor".Te pintan como alguien bastante filantrópico.

– ¿Quieres dejar de hablar de eso? -Gruño.

Ella sonrió. -Sunny y tú os lo vais a pasar muy bien en San Francisco. Te recomiendo encarecidamente que la lleves al Young Museum -. Y luego, antes de él pudiera gritar, -¿Puedo ver el resto de tu casa?

De nuevo un gruñido. -¿Vas a tocar algo?

Ella sólo era un ser humano, así que se levantó, y dejó que sus ojos se fijaran en él. -Por supuesto.

Esa palabra se llevó las nubes de tormenta de sus ojos. Él inclinó la cabeza. -Entonces, ¿qué te parece si primero te enseño mi habitación?

– De acuerdo.

Él fue hacia la puerta, luego se paró de forma abrupta y se dio la vuelta para mirarla. -¿Vas a criticar?

– He estado de mal humor, eso es todo. Ignórame.

– Eso intentó -, dijo él con una buena dosis de maldad.

Su habitación tenía un par de cómodas sillas para leer, lámparas con pantallas de metal curvado y altas ventanas por donde entraba luz, pero no las vistas que ofrecía el resto de la casa, lo que le proporcionaba a la habitación un profundo sentimiento de privacidad. Un edredón gris hielo cubría la cama, un edredón que cayó al suelo de bambú incluso más rápido que la ropa de ellos.

De inmediato notó que él estaba determinado a corregir errores del pasado, incluso aunque no tuviera ni idea de cuáles eran esos errores. Nunca la habían besado tan a fondo, acariciado tan meticulosamente o estimulado tan exquisitamente. Parecía estar convencido de que todo lo que necesitaba hacer era intentarlo más. Incluso cedió a las tentativas de ella de tomar el control. Pero era un hombre que servía a otros, y su corazón no estaba en esto. Todo lo que importaba era la satisfacción de ella y él dejo de lado su propia satisfacción para ofrecerle otra actuación perfecta al cuerpo de ella. Cuidadosamente estudiada. Perfectamente ejecutada. Todo lo indicado en el libro. Exactamente de la misma manera que había hecho el amor a las demás mujeres de su vida.

Pero ¿quién era ella para criticar cuando ella le daba tan poco valor al proceso? Esta vez se guardó sus opiniones para ella misma, y cuando finalmente pudo ordenar sus pensamientos, rodó sobre un codo para enfrentarse a él.

Él todavía respiraba con dificultad, y ¿quién no lo haría después de lo que había pasado? Acarició su pecho sudado y delicioso y se lamió los labios. -Oh, Dios mío, ¡vi las estrellas!

Sus cejas se fruncieron. -¿Todavía no estás feliz?

Sus trucos para leer la mente estaban fuera de control. Ella fabricó un suspiro. -¿Estás bromeando? Estoy delirando. La mujer más afortunada del mundo.

Sólo la miró.

Ella volvió a caer sobre la almohada y gimió. -Si sólo pudiera comerciar contigo, haría una fortuna. Eso es lo que debería hacer con mi vida. Ese debería ser el propósito de mi vida…

Él salió de la cama. -¡Jesús, Meg! ¿Qué demonios pasa contigo?

Quiero que me quieras, no que hagas que sólo yo te quiera. Pero ¿cómo podría decir eso sin quedar como otra groupie de Beaudine? -Ahora estás siendo paranoico. Y todavía no me has alimentado.

– Ni lo voy a hacer.

– Te aseguro que lo vas a hacer. Porque eso es lo que tú haces. Cuidas de la gente.

– ¿Desde cuándo eso es algo malo?

– Nunca lo ha sido -. Ella le dedicó una sonrisa vacilante.

Él fue al cuarto de baño y ella se apoyó en las almohadas. Ted no sólo se preocupaba por los demás, sino que lo demostraba con acciones. En lugar de ser prepotente, su ágil y dotada mente lo había maldecido con la obligación de cuidar a todo el mundo y de preocuparse por todo. Posiblemente era el mejor ser humano que había conocido nunca. Y tal vez el más solitario. Debía ser agotador llevar una carga tan pesada. No era de extrañar que escondiera tantos de sus sentimientos.

O quizás ella estaba racionalizando la distancia emocional a la que él la mantenía. A ella no le gustaba pensar que él la trataba igual que al resto de sus conquistas, aunque no podía imaginárselo siendo tan rudo con Lucy como lo era con ella.

Apartó las sábanas y salió de la cama. Ted hacía que todo el mundo se sintiera como si él mantuviera una relación especial con cada uno de ellos. Era el mayor truco de magia que había visto nunca.


Spence y Sunny dejaron Wynette sin nada resuelto. El pueblo se debatía entre el alivio por su marcha y la preocupación de que no volvieran, pero Meg no estaba preocupada. Mientras Sunny creyese que tenía una oportunidad con Ted, ella volvería.

Spence llamaba a Meg diariamente. También le envió un lujoso portarrollos, un plato de ducha y uno de los mejores toalleros de Viceroy. -Volaré contigo este fin de semana a L.A. -, dijo él. -Puedes mostrarme los alrededores, presentarme a tus padres y a algunos de sus amigos. Nos lo pasaremos genial.

Su ego era demasiado grande como para comprender una negativa, e intentar navegar por la delgada línea de mantenerlo a distancia y mandarlo a la mierda era cada día más difícil. -Ups, Spence, suena genial, pero todos están fuera de la ciudad ahora mismo. Quizás el próximo mes.

Ted también estaba de viaje de negocios y a Meg no le gustaba cuánto lo echaba de menos. Se obligó a concentrarse en reorganizarse emocionalmente y abrir una cuenta bancaria para guardar el dinero que sacaba de aprovechar el tiempo que pasaba esperando en el carrito de bebidas mientras los golfistas jugaban. Encontró una tienda en Internet en la que los gastos de envío eran gratis. Con las herramientas y materiales que compró, junto con un par de cosas de su caja de plástico, trabajaba entre los clientes, haciendo un collar y un par de pendientes.

Al día siguiente de acabar las piezas, se las puso y a la mañana siguiente un cuarteto femenino se fijaron en ellas. -Nunca he visto unos pendientes como esos -, dijo la única del grupo que bebía Pepsi Light.

– Gracias. Acabo de terminarlos -. Meg se los quitó de las orejas y se los tendió. -Las cuentas son corales de sherpas tibetanos. Bastantes antiguas. Me encanta la forma en que los colores se han desgastado.

– ¿Y ese collar? -preguntó otra mujer. -Es muy inusual.

– Es de marfil tallado chino -, dijo Meg, -por gente del sudeste asiático. Hace más de cien años.

– Imagina tener algo como eso. ¿Lo vendes?

– Dios, no había pensado en eso.

– Quiero esos pendientes -, dijo la Pepsi Light.

– ¿Cuánto por el collar? -preguntó otra golfista.

Y así estaba en el negocio.

A las mujeres les encantaba tener bonitas piezas de joyería que a la vez eran cosas históricas y, para el siguiente fin de semana, Meg ya había vendido otras tres piezas. Era escrupulosamente honesta sobre la autenticidad y adjuntaba una tarjeta con cada diseño que documentaba su procedencia. Indicaba que materiales eran genuinamente antiguos, cuales podrían ser copias y ajustaba los precios a concordancia.

Kayla oyó hablar sobre lo que estaba haciendo y encargó algunas piezas para su tienda de segunda mano. Las cosas estaban yendo casi demasiado bien.

Después de dos largas semanas fuera, Ted se presentó en la iglesia. Apenas había cruzado la puerta cuando se pusieron a quitarse uno a otro la ropa. Ninguno de los dos tuvo la paciencia para subir las escaleras hacia el caluroso coro. En su lugar, cayeron sobre el sofá que ella recientemente había rescatado del contenedor de la basura del club. Ted maldijo cuando se golpeó contra el brazo de mimbre, pero no le llevó mucho tiempo olvidarse de su malestar y centrar toda su capacidad intelectual en remediar los defectos de su técnica para hacer el amor.

Cuando terminaron, sonó tanto exprimido como un poco malhumorado. -¿Fue suficientemente bueno para ti?

– ¡Dios mío, sí!

– Maldita sea. ¡Cinco! Y no intentes negarlo.

– Deja de contar mis orgasmos.

– Soy ingeniero. Me gustan las estadísticas.

Ella sonrió y le dio un codazo. -Ayúdame a mover la cama arriba. Hace demasiado calor para dormir aquí.

No debería haber sacado el tema porque saltó del sofá. -Hace demasiado calor en cualquier parte de este sitio. Y eso no es una cama, es un maldito futón, lo que estaría bien si tuviéramos diecinueva años, pero no los tenemos.

Desconectó de la diatriba tan poco habitual de Ted para disfrutar de una vista sin restricciones de su cuerpo. -Por fin tengo muebles, así que deja de quejarte.

El vestuario de señoras había sido recientemente reformado y había podido hacerse con lo que habían desechado. Las piezas usadas de mimbre y las viejas lámparas quedaban bien en la iglesia, pero él no parecía impresionado. Un fragmento de recuerdo la distrajo de reconocimiento visual y se puso de pie. -Vi luces.

– Me alegra oírlo.

– No. Cuando estábamos… Cuando estabas sobre mí. Vi unos faros. Creo que alguien condujo hasta aquí.

– No escuché nada -. Pero se puso los pantalones cortos y salió fuera a mirar. Ella le siguió y sólo vio su coche y la camioneta de él.

– Si alguien estuvo aquí -, dijo él, -tuvo el buen sentido de irse.

La idea de que alguien podría haberlos visto juntos la inquietaba. Estaba haciendo creer que estaba enamorada de Ted. Pero no quería que nadie supiera que era algo más que una ilusión.


El sexo con un amante legendario no era tan satisfactorio como le gustaría, pero dos días después, vendió su pieza más cara, un colgante de cristal azul rumano que había envuelto con plata fina usando una técnica que había aprendido de un platero en Nepal. Su vida estaba yendo demasiado bien y casi se sintió aliviada la siguiente noche cuando descubrió que alguien había rayado con las llaves el Rustmobile.

El rayón era largo y profundo, desde el parachoques delantero hasta el maletero, pero considerando el mal estado del coche en general, difícilmente era una catástrofe. Luego un coche empezó a pitarle sin razón. No pudo entenderlo hasta que vio las vulgares pegatinas pegadas en su parachoques trasero.

No estoy Libre pero soy Barata.

La mitad de la gente apesta. Lo juro.

Ted la encontró en cunclillas en el aparcamiento de empleados, intentando despegar las repugnantes pegatinas. No quería gritar, pero no pudo evitarlo. -¿Por qué haría alguien esto?

– Porque se aburren. Déjame.

Su dulzura mientras la apartó casi la derritió. Ella cogió un pañuelo de su bolso y se sonó la nariz. -No es mi idea de una broma.

– Tampoco la mía -, respondió él.

Se dio la vuelta cuando él comenzó a despegar metódicamente las esquinas de la segunda pegatina. -La gente de este pueblo es mala -, dijo ella.

– Críos. Aunque eso no es excusa.

Ella cruzó los brazos sobre su pecho y se abrazó a sí misma. Los aspersores se encendieron en los jardines de flores. Se sonó la nariz por segunda vez.

– Hey, ¿estás llorando? -preguntó él.

No estaba llorando, pero estaba a punto. -No soy una llorona. Nunca he llorado. Nunca lo haré -. No había tenido mucho por lo que llorar hasta hacia unos pocos meses.

No debió creerla porque se levantó y puso le puso las manos en los hombros. -Has podido con Arlis Hoover y conmigo. Puedes con esto.

– Es tan… desagradable.

Él le froto el pelo con los labios. -Sólo dice algo sobre el crío que lo hizo.

– Tal vez no fue un crío. Aquí hay muchas personas a las que no les gusto.

– Cada vez menos -, dijo tranquilamente. -Te has mantenido firme ante todo el mundo y eso te ha hecho ganarte algo de respeto.

– Ni siquiera sé por qué me importa.

Su expresión era tan tierna que ella quería llorar. -Porque estás tratando de hacer algo por ti misma -, dijo él. -Sin la ayuda de nadie.

– Tú me ayudas.

– ¿Cómo? -Él dejó caer sus manos, una vez más frustrado con ella. -No me dejas hacer nada. Ni siquiera dejas que te lleve a cenar.

– Dejando a un lado el asunto de que Sunny Skipjack está loca por ti, no necesito que todo el mundo en este pueblo sepa que una pecadora como yo está congeniando con su santo alcalde.

– Estás siendo paranoica. La única razón por la que lo he dejado pasar es porque he estado fuera del pueblo el último par de semanas.

– Nada va a cambiar ahora que estás de vuelta.

Temporalmente dejó el tema y la invitó a una cena privada esa noche en su casa. Ella aceptó su oferta, pero en cuanto llegó a su casa, la arrastró escaleras arriba y comenzó con sus precisos y calculados juegos sexuales. Al final, él había satisfecho a cada una de las células de su cuerpo sin tocar ninguna parte de su alma. Exactamente como debía ser, se dijo a sí misma.

– Eres un mago -, dijo ella. -Has echado a perder al resto de hombres para mí.

Él echó hacia tras las sábanas, sacó vigorosamente las piernas por un lado de la cama y desapareció. Lo encontró en la cocina un poco más tarde. Ella se había puesto la camiseta negra que él se había dejado encima de las bragas, pero dejo el resto de su ropa enredada entre el edredón en el suelo de la habitación. Su oscuro pelo castaño tenía la forma de sus dedos, todavía tenía el torso desnudo, llevaba sólo un par de pantalones cortos. Sus boxers, como ella sabía, estaban enredados entre las sábanas.

Tenía una cerveza en la mano y una segunda cerveza esperaba por ella en la encimera. -No soy bueno en la cocina -, dijo él luciendo magnífico y malhumorado.

Apartó sus ojos de su pecho. -No lo creo. Eres bueno en todo.

Se quedó mirando descaradamente su entrepierna en un triste intento de compensar su decepción. -Y quiero decir en todo.

Él podía leer su mente y prácticamente se burló. -Si no estoy a la altura de tus estándares, me disculpo por ello.

– Tú estás delirando y yo hambrienta.

Él apoyó la cadera contra la pila, sin dejar de estar malhumorado. -Elige lo que quiera del congelador y quizás lo descongele.

Él nunca habría hablado a otra mujer tan hoscamente y ella se animó. Mientras se movía hacia la parte trasera de la encimera central, pensó en entrar en la subasta, pero como la publicidad nacional había elevado las ofertas por encima de los nueve mil dólares, no podía permitírselo.

La nevera de un hombre te dice mucho sobre él. Ella abrió la puerta y vio un estante de cristal brillante con leche orgánica, cerveza, queso, carne de sándwich y algunos envases con comida perfectamente etiquetados. Un vistazo al congelador reveló más envases, caros congelados orgánicos para cenar y helado de chocolate. Ella lo miró. -Esta es la nevera de una chica.

– ¿Tu nevera se parece a ésta?

– Bueno, no. Pero si fuera una mujer mejor la haría.

La esquina de su boca subió hacia arriba. -Lo sabes, ¿no?, que no soy una persona que limpie y haga la compra.

– Sé que Hayle te hace la compra y yo también quiero una asistente personal.

– No es mi asistente personal.

– No se lo digas a ella -. Ella sacó dos tappers etiquetados y fechados, carne y patatas dulces. Aunque ella no era una gran cocinera, era mucho mejor que cualquiera de sus padres gracias al ama de llaves, a quién los niños Koranda le habían asaltado la cocina.

Ella se inclinó sobre el cajón de la nevera buscando lechuga. La puerta principal se abrió y escuchó el ruido de tacones cruzando el suelo de bambú. Una punzada de inquietud la atravesó. Rápidamente se enderezó.

Francesca Day Beaudine entró en la habitación y abrió los brazos. -¡Teddy!

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